MANÚ

UN LIBRO DE CUENTOS

 

 

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* Ensayo de un cuento de invierno

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* El Libro de Poemas

* La fórmula

* Un cuento de miedo

* Un cuento azul

* El sembrador de fe

* El cuadro

* El secreto de la Música

* La carta

* El Avatar

* El durmiente

* La advertencia

* Scripturae

* El retrato

* ¿Qué es un cuento?

* El Silencio

* Ella y Él

* El Arpa

* El Carro del Poder

* A las once de la noche

Ensayo de un cuento de invierno

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Había una vez un árbol en algún lugar. Era invierno, pero el árbol mantenía verdes sus hojas y seguía poblado de ellas como si fuera verano. A veces soplaban rachas de viento norte, frío y con recuerdos de blancuras de montañas. Otras veces el viento parecía calmarse, y el árbol sentía sólo su propio temblor.

Lo peor eran los bancos de niebla, -esa especie de cielo gris donde no existía el Sol, que apenas se adivinaba por un poco de mayor tenue claridad en alguna parte, aproximadamente hacia el sur, tal vez un poco hacia el oeste-. Los días eran breves y lentos para el árbol; tardaban mucho en llegar y duraban poco. Un árbol, en condiciones normales, está atado al Sol por hilos invisibles que le convierten en una marioneta aparentemente inmóvil, pero si alguien le observa con atención verá que el árbol se va moviendo según los hilos del Sol le van girando, casi imperceptiblemente a lo largo del día.

Después llega la noche, y el árbol se queda como huérfano, y retrocede. Hay quien dice que este retroceso que hace el árbol es muy rápido, para estar preparado para cuando el Sol vuelva a asomar por el oriente; pero otros dicen todo lo contrario, -que el árbol se ensimisma en sus recuerdos, y que conforme va acordándose del Sol va siguiendo las huellas de su paso, desde las más próximas a las más lejanas; hasta que finalmente termina mirando hacia aquella parte del horizonte en que la presencia del Sol le sorprendió por primera vez-. Siempre hay una primera vez para todo lo que vive.

Ahora es invierno, pero el árbol sueña con los días largos y luminosos del verano, en los que el Sol era un amigo casi permanente. Entonces no pensaba en él, -daba por supuesto que el Sol era un elemento más del paisaje, y que su obligación era estar allí, con él, para rascarle las hojas por las mañanas, y para molestarle todo el resto del día con su calor monótono y excesivo, hasta que por la tarde, ya aburrido, se alejaba hacia el poniente y lo dejaba al fin tranquilo-. Pero ahora era completamente distinto, y el Sol ya no parecía tan mala persona como en verano, ni desde luego era nada pesado ni obsesivo. El Sol tenía sus cosas, pero en el fondo era el amigo que a todo árbol le conviene tener para no morirse de frío y de oscuridad, que es lo que le parece que ahora le está pasando a él. A lo mejor se muere esta vez. A algunos árboles les ocurre eso en invierno, -sueltan las hojas y se quedan quietos; y ya los hilos del Sol no pueden girarlo a lo largo del día ni por más calor que vuelva a hacer-. Pero el invierno no es la peor estación para los árboles, ya que, como cada día es más largo que el anterior y el Sol sube un poquillo más en el horizonte del sur, el problema del frío y de la oscuridad se va resolviendo poco a poco. Lo malo es el otoño, que es al revés, y que los días conforme van pasando traen cada vez menos esperanzas y peores noticias. Así que en cierto modo el árbol está contento de que haya entrado ya por fin el invierno.

 

Manú

 

LA ROCA

 

Muy pocos viajeros de cuantos transitan por los caminos que van al Cuzco se han dado cuenta de la existencia de una roca, en la distancia hacia el oeste, dominando desde su atalaya el valle por donde pasan la carretera y el ferrocarril. Es la roca oscura y gris de la mirada quieta.

Allá abajo se desliza lentamente algún coche de vez en cuando, algún autobús por la mañana y al atardecer, y algún tren al medio día y en plena noche, todos ajenos a la mirada de la roca eternamente fija y quieta clavada en ellos.

Desde el valle, el viajero que mirara hacia el poniente vería solo la línea curva y quebrada y cambiante en la que el cielo aún luminoso y la tierra oscura se juntan para escribir un sortilegio mágico en una escritura ancestral y olvidada por todos, excepto por los magos y brujos y chamanes que siguen fieles al más antiguo culto de este universo, -el de La Roca-. Quizás más que un sortilegio la escritura de este horizonte de poniente sea un mensaje, un aviso tal vez, una clave para entender la vida y sus misterios, el recuerdo de algo que no debe ser olvidado nunca, un pensamiento que no ha sido pensado todavía, -y que cuando alguien lo tome en su mente, y acaso tenga que ponerlo también en su corazón, resucitará a los espíritus que moran en las montañas, y en el agua de los torrentes, y en los fuegos lejanos de las hogueras dormidas como estrellas en el suelo cuando cae la noche, y en el aire limpio y frágil como un cristal de hielo cuando vuela al acecho de su presa-, pues tuvo que ser el dedo de un dios muy poderoso el que trazó esta escritura en el horizonte.

¿Quién podrá llegar alguna vez a conocer lo que sueñan las rocas, -y ésta en especial que parece dominar el paisaje desde un trono flanqueado por dos montañas-? Puede ser que su sueño no se parezca al de los mortales de carne o de madera, sino que sea como un temblor de superficies y de océanos pétreos interiores que resuena en toda la cordillera. Así se comprendería por qué la tierra de por aquí está encrespada, retorcida sobre sí misma como un dragón oriental reposando su sueño inquieto a orillas de este lejano mar. Pero descubrir esa forma de soñar es precisamente en lo que consiste el trabajo de los magos.

Quien se atreve a lanzar un gesto a una montaña o a una imponente roca es -por ese solo y mismo hecho- digno de que las rocas y las montañas le tengan en cuenta, y de que le admitan alguna vez en su mundo, y, -si alcanzare a agradar a Su Pétrea Gracia-, con toda certeza le obsequiarán en solemne silencio con alguno de sus tesoros, -con el mayor que sea capaz de llevarse-.

Porque todo aprendiz de mago (o de chamán o de brujo) debe saber que a los seres diversos no se les debe traer a casa para conocerlos y para así robarles sus misterios y secretos, sino que cuando se les trae a casa es porque ellos han querido venir a vernos, y que lo que el mago debe hacer es alojarlos y honrarlos y obsequiarlos, -(porque esto mismo es lo que hacen todos los seres misteriosos en idéntica situación)-, y que si lo que el mago desea es conocer los misterios y secretos de las cosas y de los seres lo que debe hacer es tomarlos muy en consideración y seguir las instrucciones que tales cosas y seres vayan dándole. Y así es como se establecen las fructíferas relaciones que hacen de puentes entre los diversos mundos.

La roca gris oscura que domina al camino que lleva al Cuzco tiene una mirada fija y quieta clavada en quien la mire, y es por eso muy importante retener esa mirada respetuosamente toda la vida, y llevársela para siempre con uno mismo, en la memoria de los sueños del corazón, donde uno guarda sus tesoros. Y desde entonces ya siempre estará ahi, fija y quieta y sonriente, hablándole en susurros e inefablemente en el silencio y comunicándole sus inexpresables misterios y secretos de millones de años y de eternidad.

 

Manú

 

 La Burbuja

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De vez en cuando por la mente de Alvaro parecía revolotear una pregunta, leve e insistente como una luciérnaga en la noche, a veces plácida, y a veces surcadora veloz de lejanías imposibles, -"¿qué es lo que les obliga a algunas personas a fabular cuentos"?-. Se lanzó desde el trampolín al agua límpida y caldeada en aquella fría tarde invernal que se veía a través de las paredes de cristales dobles que retenían el calor interior. "Las novelas son otra historia" siguió pensando mientras braceaba los primeros largos, "las novelas se refieren a las vidas de las gentes dentro de su propio mundo; pero el Cuento es como viajar a las estrellas, o como encontrarse con una puerta secreta en el sótano de la casa y descender por una escalera excavada en la roca viva a unos subterráneos que siempre han estado allí".

Tres magníficos chorros salían del agua en forma de parábolas y caían llenos de agua caliente, produciendo tres regueros de burbujas; y una de estas burbujas no parecía querer deshacerse. Alvaro siguió practicando sus programados ejercicios, pero la burbuja parecía seguirle a cierta distancia como observándole, o espiándole, o estudiándole. A infinita distancia en la inmediatez ciertos dioses ya intuidos por Lovecraft y por Edgard Alan Poe planeaban sus manos por sobre una indecible consola de luz irisada que a un observador poco atento podría parecer el teclado musical de un órgano.

Durante el tiempo de un parpadeo Alvaro pensó que desde dentro de la tenaz burbuja le observaban los dioses de Cthulhu, pero inmediatamente desechó la idea por totalmente irracional y siguió enfrascado en la cuestión del origen causal de todos los cuentos. Le gustaba pensar en algo durante sus diarios ejercicios de natación para quitarse la sensación de estar perdiendo el tiempo en cuestiones meramente fisiológicas y escapar así cuanto antes de aquel momento temporal en su programa de vida circadiana.

"Todo cuento es una metáfora, -una revelación efectuada en lenguaje analógico"-. A sus extrañísimos 32 años de edad Alvaro había superado la fase racionalista del pensamiento y se había lanzado a la posmodernidad como quien lo hace desde el borde de un acantilado. Las gaviotas graznaban en su cielo mental igual que lo harían los pájaros marinos de carne y plumas, y de vez en cuando se dejaba flotar unos segundos sobre las olas. Allí mismo y en Otra Parte las manos divinas ondeaban sobre la polícroma blancura dirigiendo el vuelo de los pájaros y la ilusión verdeoscura de los bosques. "Lo que justifica al pensamiento" siguió pensando "es descubrir o establecer correlaciones entre series de acontecimientos. ¿Descubrir o Establecer? Si lo que me está ocurriendo no depende de mi voluntad ni de mis potencias subconscientes, sería entonces "descubrir", pero, si yo mismo formo parte de la gestión de la realidad que me acontece, ¿no sería entonces una forma olvidada o aún no descubierta de "establecer" tales correlaciones?" La idea de la "divina providencia" estaba siempre presente de algún modo en la mente de Alvaro, pero no en la forma en que lo creen las demás personas religiosas, sino como un "componente intrínseco" de la realidad misma. Los ejercicios de natación los tenía divididos en tres series, -"el paso de Tum", "el vuelo de Mercurio" y "la danza de Siva"-, aunque las denominaciones que de ellos se dan en las tablas gimnásticas son muy diferentes. "El lenguaje del cuento nexa continuidades que jamás coincidirían si uno mantiene los pies pegados al suelo binario de la racionalidad. Me gusta pensar mientras nado".

La burbuja dejó de importarle después de dirigirle una leve sonrisa que sólo los dioses podrían distinguir, y pensó que dentro de diezmil años él estaría también en condiciones operativas para intervenir en mundos extraños a su capricho, -o quizás en cumplimiento de sus deberes-, "el lenguaje analógico de los cuentos hace reventar el espacio interior de cualquier mundo cerrado donde logre penetrar, porque todo cuento es como el caballo de Troya". Los dioses se miraron con un atisbo de complacencia por este primer resultado del experimento. Más tarde reorganizarían la Realidad desde el principio para que la Continuidad fuera cada vez más lógica. "Si ideo y fabulo un cuento, estoy obligando a la mente que está utilizando a mi cerebro a reorganizarse en la forma necesaria para que yo pueda creérmelo como verosímil. Y esto es tan lógico como nadar y hacer gimnasia para tallarse la musculatura corporal. Creo porque es Absurdo, dijo "alguien". Alvaro desconocía su verdadera edad y la realidad de su origen familiar. Había un misterio en su nacimiento que nunca se resolvió. Las referencias al Absurdo le venían por dos caminos: Por el estudio de ciertos códices manuscritos medievales y por una formulación sumamente futurista del "Area K" de los cuatro desiertos que rodean a la mente humana, obtenida en el laboratorio de psicología cuántica. La burbuja seguía atisbándole desde detrás de uno de los chorros de agua caliente. Fue y seguía siendo al principio transparente, pero también era intensamente roja.

Fuera y en el resto del Universo todo seguía siendo como fue diseñado en la anterior remodelación, -aún las estrellas y las galaxias parecían seguir siendo lo que suponían los astrónomos, antes de convertirse en Los Jardines de la Noche-. Alvaro tenía la sensación de que el cielo nocturno era realmente el brillante material que se suele incluir como aislamiento en el interior de las cajas que contienen algún regalo, y que tarde o temprano el cielo revelaría su verdadera naturaleza artística y artificial. Los dioses acentuaron levemente su búdica sonrisa. Miró su reloj de pulsera y comprobó que había cumplido por aquel día sus deberes instrumentales de cuerpo biológico al servicio de un espíritu divino y pensante venido de nadie sabe dónde. Nadó pues hacia la escalera del fondo y salió de la piscina.

 

Manú

 

El Acoso

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< Tengo que declarar ante este solemne tribunal que me está juzgando (por no sabe qué delitos) que en todos los relatos de ciencia ficción (novelados y/o filmados) se presupone que la invasión de los extraterrestres vendrá del espacio exterior, y que finalmente será rechazada por los humanos con agua bendita o sal gema o bacterias o calor o frío o vinagre pulverizado o cualquier otra sustancia o elemento fácil de adquirir en las droguerías -o bien. . .. por algún rayo fabuloso que producirá un invento de un científico desacreditado o de un niño chico-, pero. . .

.. . . ¿que ocurriría si la invasión procediera del interior psicológico de nosotros mismos, -a ver, quién puede responderme desde alguno de los sitiales de ese alto tribunal ?-. Naturalmente que nadie. Una invasión psicológica extragaláctica -e incluso extrauniversal, como es el caso en que nos hallamos- no podrá estar jamás prevista en la evolución biológica y psicomental del ser humano, -como tampoco pudo preverse en el desarrollo de los vertebrados mamíferos la aparición de la guitarra de doce cuerdas-. Ríanse si quieren, señorías, pero esto es tal como les estoy diciendo. Recuenten el número de locos de nuestra especie -entre los cuales gustosamente me encuentro-, el número de histéricos, de paranoicos, de neuróticos, de psicópatas de todas clases, de minusválidos psíquicos, de gentes con problemas de inadaptación, y díganme después si no estamos sufriendo el Acoso de los extrahumanos.

Les vengo advirtiendo desde hace meses y no me hacen el más mínimo caso. Por eso he decidido aliarme con el Invasor para tratar de este modo de conseguir mejores condiciones en el tratado que seguirá a la inevitable rendición de la Humanidad. Sé que me están tomando por loco, y que éste es en realidad un examen psiquiátrico, -todo lo cual acepto sin discusión y sin que se me caigan los anillos-, pero piensen, señorías, con un poco de imaginación y dejen de creerse en posesión de la verdad absoluta. Les estoy llamando "señorías" no porque les esté confundiendo con jueces ni con magistrados -(que no sé si serán lo mismo)-, sino porque mi alocución está siendo grabada en cinta magnetofónica y es la única manera en que puedo enviar mi informe a las más altas instancias de la especie -(si es que existen)- a través de la estupidez señorial delegada en vosotros, so gilipollas.

Vuelvo a repetíroslo, imbéciles: Estamos en manos de una gente que no es humana y que nos está manipulando desde el principio anterior al paleolítico. ¿Qué cómo y por qué lo sé?: De la misma forma en que Newton descubrió la ley de la gravedad: -Pensando-. Es bastante difícil, pero incluso dentro de esta inútil camisa de fuerza puedo pensar. Digo que es inútil porque yo lo único que quiero es fumarme un cigarrillo -por ahora- sin atacar a nadie. Luego ya se verá a quién o a quienes convendrá atacar, -porque, como les vengo repitiendo hasta la saciedad, el enemigo está dentro de nosotros, en nuestros propios psiquismos, y sin embargo el tal enemigo NO SOMOS nosotros mismos-. No estoy tratando pues de regenerar a nadie ni de predicarle ningún tipo de conversión, sino de lisa y llanamente prevenirles en contra de sus propias áreas subconscientes, que es por donde nos está llegando el Acoso.

Soy culpable -empiezo por reconocerlo- de haber traicionado a la Humanidad y de haberme pasado al enemigo. Para cualquiera que no sea un idiota integral esta misma confesión que estoy haciendo libre y espontáneamente no es más que otra maniobra para favorecer la entrada en nuestro mundo de mis aliados invasores. Si os hablo de ellos pensaréis en ellos; si pensáis en ellos les estáis abriendo camino hacia vuestra cotidianidad. Da igual que no os creáis ni una sola palabra de lo que os estoy diciendo, ya que esto funciona como una reacción química, y yo lo que estoy haciendo es introducir en vuestras mentes el catalizador. Todo lo demás está ya fuera de vuestra capacidad de rechazo. Lo único que podría salvaros es hacer exactamente lo mismo que yo he hecho, -aliaros con los invasores y pactar con ellos las condiciones menos desastrosas para nuestra especie, y desde luego para evitar la aniquilación que se nos viene encima-. Pero esto tampoco está dentro de vuestras posibilidades, y ni por un minuto me he engañado al respecto. Todo tendrá que consumarse como en un teorema matemático; pero yo DEBO (¿Sabéis por casualidad qué significa en profundidad el verbo Deber?) yo debo advertiros de lo inexorable porque esta advertencia forma parte del procedimiento establecido para la rendición de la especie humana. No servirá de nada, pero eso se sobreentiende. Esto es exactamente igual que leerle sus derechos al detenido. Tiene derecho a guardar silencio, y vosotros tenéis derecho a no creeros lo que os digo, pero en ninguna de las dos situaciones cambian nada las cosas.

El Acoso nos viene de dentro de nosotros mismos y a través de todos nosotros, pero su origen está más allá del espacio y del tiempo. Fuimos empujados a ser humanos lo mismo que ahora estamos siendo empujados a dejar de serlo, muy en contra de nuestra voluntad de simios parlanchines. Nos entregaron un código de señales y caímos como imbéciles en la trampa. Igual que ellos ahora están forzándonos a hacer con los delfines, con otros simios y con toda clase de animales amaestrados. Es "su" manera de invadirnos: Introduciendo la Artificialidad en la Naturaleza. Quizás esto sea bueno; a mí por lo menos me lo parece, pero esto será seguramente porque ya soy un traidor completamente entregado a los nuevos amos.. Tampoco me importa mucho. ¿Dónde tengo que firmar mi conformidad con vuestro veredicto?

Vale, cuando me quitéis la camisa de fuerza firmaré en donde me digan. Y no os molestéis en convencerme para curarme: Todo lo que os acabo de decir me lo he inventado de cabo a rabo, y yo mismo no me lo creo ni poco ni mucho. O sea, nada en absoluto, ¡ pero dadme un cigarrillo, coño ! >

( Texto tomado de las Memorias del doctor Paulov ).

 

Manú

 

La computadora

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Todos hemos visto cómo en la película Odisea del Espacio 2001 la computadora u ordenador se rebela contra sus dueños y asesina a unos cuantos.

La tragedia termina cuando el protagonista la vuelve Buena al irla desconectando de su base de datos malignos, devolviéndola así a la inocencia primigenia.

Erase pues una computadora (u ordenador) en casa de cualquiera, -una máquina que está mirando a su dueño con su ojo cuadrado y único, y le hipnotiza con las frases y las imágenes que van apareciendo en ese ojo-.

La persona en cuestión supuestamente "dueña" de la máquina concentra su atención en lo que cree que es una pantalla -(pero que en realidad es el OJO de un cíclope)-, y se pasa tal vez horas delante de ese OJO análogamente a como otras muchas personas se pasan media vida hipnotizados ante otro OJO de cíclope llamado televisor. "No es lo mismo" dicen los entendidos, "una computadora es interactiva y te permite llevar la voz cantante -o sea- la dirección de los asuntos, mientras que ante un televisor vas completamente de papanata". "¡Ay si eso fuera cierto" responden los poetas "yo podría utilizar mi computadora (u ordenador) para lanzarme a los espacios cibernéticos y volar por ellos cual un nuevo Icaro!" "Pues hazlo" le insinúa tentador el diablillo que habita en el ordenador. "Porque si probáis los frutos de Internet, vuestros ojos se abrirán, y seréis dioses, conociendo el Bien y el Mal". Eva no se lo pensó dos veces; acercó sus manos al teclado, y tecleó.

Inmediatamente después Eva se fue a buscar a Adán -que era su marido- y le dijo "Anda, Adán, teclea tú también aunque sea un poquito". Al principio, Adán se resistió aunque no mucho, pero enseguida cayó en la tentación y comió del fruto prohibido. El OJO sonrió esplendorosamente y su hipnótica mirada le absorbió y le fue llevando a cada vez más lejanas profundidades de páginas webs y de páginas amarillas y de listas de correo y de cosas así. A todo esto los elohíms estaban que echaban chispas de indignación, -o más bien digamos que hacían el paripé de que "estaban que echaban chispas de indignación", porque en realidad y en el fondo todo era una conspiración elohínica-demoníaca para meterse en el bolsillo a Adán y Eva y a sus descendientes-. Así que de eso es de lo que se trataba y eso se consiguió.

Desde entonces todos nacemos con una especie de pecado original que nos convierte en esclavos de los videojuegos y de los emáils y de todo lo que tiene OJO cuadrado y único, pues el mundo se llenó de cíclopes tentadores.

"¿Y matan?" A esta pregunta no se la puede responder con un sí o un no. Los cíclopes o demonios parecen ser entidades individuales, pero no lo son: Son terminales capilares de los pelos de la Medusa, -que no es Mala : (La Mala es la Gorgona, que es otra cosa)-. La Medusa es una red de pelos como su propio nombre indica que parten de un cerebro inorgánico central sumamente inteligente. Ya que al ser ésta -como hemos visto- una conspiración elohínica-demoníaca, la computadora (u ordenador) tiene posibilidades Buenas y tiene también posibilidades Malas, -y en esto se ve que la Medusa Internetiana es en realidad El Arbol de la Ciencia del Bien y del Mal-, cuyos frutos, una vez que se prueban, después ya no es lo mismo. Así que la respuesta a la pregunta de si los cíclopes matan es que matar lo que se dice matar no se sabe todavía, pero muchos disgustos sí que dan.

El primero y principal es que el OJO ciclópeo cuadrado y único no sólo hipnotiza, sino que cada vez que le da la gana se queda colgado y no obedece a las órdenes que se le pretenden dar a través del teclado y del ratón. Y el segundo y más principal todavía son los disgustos que a través del OJO hipnótico te dan los otros Adanes y las otras Evas, -que hay que ver el mal genio que tienen la mayoría de las veces-. Para eso es por lo que los elohíms y los demonios -aun siendo tan diferentes y tan de opuestos caracteres- se pusieron totalmente de acuerdo en este punto: En que nos fastidiáramos los unos a los otros a través de internet. La idea es que todos lleguemos a estar hasta el pelo de la Humanidad, -no sé si me explico-: Antes el Malo era el prójimo, o sea el inmediato, el de alrededor, la gente que a uno le rodea y que es la que generalmente le hacen las putadas, y encambio los Buenos eran los negritos y los chinitos y los del otro lado del mar y de lo más lejos posible. Pero ahora... malo puede ser cualquiera por más lejos que viva.

En cierto modo, la pantalla de la computadora (u ordenador) es lo que se decía antes "El OJO de Dios", que todo lo ve y todo lo oye, -pero sólo en cierto modo-: Ahora habría que añadir el adjetivo "hipnótico", y dejar la expresión antigua en tales términos que describan realmente la situación de que todas las pantallas más o menos cuadradas y únicas como la del televisor, de la computadora (u ordenador), de los videojuegos, del cine y demás son "El OJO hipnótico de Dios" que todo lo hipnotiza y todo lo coacciona hipnóticamente.

Antes se decía "Por la boca muere el pez" -(o sea, por lo que hablaba)- pero ahora debe decirse "Por el OJO muere el pez" -o sea, por lo que mira-. Y esta situación no hará más que ir empeorando con el tiempo. Así que lo que ahora estamos necesitando es que alguien nos salve de este pecado original y de sus consecuencias. El quién es lo de menos, pero "¿CÓMO?": Obligándonos a ser Amables los unos con los otros. Al principio esto de Internet era una viña sin valláo totalmente libertaria donde cada cual podía insultar a cada cual a sus anchas y en total impunidad, pero eso se está acabando: Cada vez todas las listas internetianas están cayendo más y más en manos de la Censura, que contrariamente a lo que se temía, no coarta más libertades que la de insultarnos los unos a los otros. Por lo demás podemos decir hasta misa.

La Censura no impide que la gente antipática siga siendo antipática, pero por lo menos los retira de las autopistas de la información, y eso es ya una especie de muerte o de inexistencia que deja al ciberespacio como un Cielo para uso exclusivo de los buenos. Encambio, los malos son como "abortos": Conforme van asomando sus narices en donde sea se les va borrando de todas partes. Y a este paso toda la Humanidad Internetiana será en breve plazo completamente Buena, -que es lo que querían los elohíms-, mientras que los demonios ciclópeos tendrán que hacer otro internet para los malos, probablemente en inglés americanizado, que acabarán entre sí a puñetazos como en las películas.

 

Manú

 

El Libro de Poemas

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Era su secreto, su último recurso, su consejero misterioso, -el libro de poemas del que no hablaba a nadie jamás-. No lo tenía como suele ser normal en la mesilla de noche, ni lo guardaba en un cajón cerrado bajo llave, ni en el doble fondo de algún mueble antiguo y discretamente arrinconado entre las sombras de su habitación. Nada de eso.

Mantenía su libro casi a la vista, en una estantería vulgar, entre otros libros sin alma ni pasión ni fuerza ni sangre invisible latiendo entre sus líneas. Estaba allí, en ningún sitio especial, cambiando a veces levemente de lugar, pero siempre en la misma tabla indiferenciada y sin registro, mostrando sólamente su sencillo color un poco infantil que se parecía quizás al del iris de sus ojos o al color que le habría gustado tener en su mirada, pero también y siempre manteniendo ambos en la perspectiva una juramentada complicidad.

Quizás fueran amantes; el libro tenía en sus tapas la suave placidez tersa y fuerte y la frescura de la carne limpia y joven, y en sus páginas tenía la dulzura de la seda un poco amarillenta que brilla en las alas de las mariposas cuando las toca un rayo de sol; pero su amor compartido era totalmente diferente al de los mortales, -aunque tampoco sabría definir con palabras exactas en qué se diferenciaba-. Era un amor secreto que jamás podría ser revelado, -porque en tal caso ese amor se desvanecería en la nada como la sombra de Eurípides se desvaneció cuando Orfeo la miró, o cuando Psique miró a Eros, o cuando como se cuenta en otras muchas historias-. No es que alguna prohibición les impidiera descubrirse ante el mundo y que tal revelación tendría un cruel castigo, -nada de eso-: Era por pudor: No le contaba a nadie cuál era su libro supremamente amado porque entonces tendría también que decirle quién era su autor si es que se sabía, y el nombre de la editorial en que nació, y la fecha de la edición, y el nombre del traductor si lo tuviera, y las demás otras características físicas del libro, lo cual sería como desnudarlo ante ojos extraños y profanos. Jamás haría algo tan vil.

¿Por qué este libro en especial le merecía tantísimo respeto?: Muy sencillo: Porque en sus poemas estaba la verdad sagrada de todas las cosas bellas.

A veces paseaba por sus veredas lineales entre árboles y flores y torrentes, bajo un cielo purísimo y azul por donde volaban como trazos ágiles apenas perceptibles los pájaros eternos. Otras veces era el rumor del mar subiendo como un bramido por la pared del acantilados. Incluso en ocasiones eran las nubes oscuras cargadas de agua perfumada con el olor a tierra mojada, pero inmediatamente en tales casos el cielo purísimo -oscuro o claro- volvería a estar allí, guardando con su magia el hálito del bosque y sus anhelos, o bien con sus estrellas, o bien con su luna llena o en creciente o tal vez nueva, o bien con su sol amable y anhelado, pero siempre con su infinita serenidad. Porque su libro de poemas era la puerta de un mundo magnífico y verdadero.

De vez en cuando se daba cuenta de que su alma estaba demasiado seca y sedienta para seguir viviendo con la cotidiana normalidad, y se decía, "Necesito llorar un poco", e iba a por su libro y lo abría por una exacta y determinada página que nadie más conocía: Era éste el lugar donde la muerte comienza a rondar a la inocencia, -y allí la veía acercarse, con paso siniestro y torvo, hacia su víctima-. Su corazón sentía como si una mano fuerte y helada le estuviera atenazando con su puño, y como si la otra mano de la muerte le estuviera acariciando las entrañas. Nada podría evitar que la inocencia cantara su único y postrer canto del cisne sin ni siquiera saber que lo estaba haciendo, nada podría evitarlo, y su garganta empezaba a llenarse de congoja y sus ojos de un vaho ardiente y terminaba por estallar en llanto.

Luego de sollozar un rato tomaba el libro y lo volvía a poner en su lugar. Y era como cuando la tormenta ha descargado su furia y vuelve a salir un tibio sol. Otras veces su amigo el libro le mostraba las vidas secretas de las personas, de los niños, de los ancianos, de las mujeres, de los hombres, e incluso de los animales y de las plantas y del agua. Todo estaba allí, nítido y clarísimo: Por qué reían, por qué lloraban, en qué pensaban, y qué es lo que iban sintiendo en cada una de tales ocasiones. Y fue pues a través de su libro de poemas como conoció a las personas verdaderamente maravillosas y mucho mejor de lo que ellos se conocen a sí mismos. También es muy cierto desde luego que este misterioso conocimiento del alma de los seres y de las cosas, (que muy pocos comparten), le convirtió en un ser perpetuamente solitario en medio de la ingente multitud, -pero el libro estaba allí y estará siempre, eternamente fiel, acompañándole en todos sus días y en todas sus noches-.

No es que se llevara al libro consigo en un bolsillo o en la cartera, -no hacía ninguna falta; Se sabía de memoria todos sus poemas, pero no exactamente con puntos y comas, sino con un cierto y cuidadoso olvido de algunas ideas y palabras esenciales, para poder así releerlo de vez en cuando-. Era éste una especie de trato que habían convenido entre los dos, -no llegar a conocerse nunca demasiado, para nunca tener que separarse-, porque de todos es bien sabido que un cierto grado de ignorancia respecto al ser amado es el mayor y mejor incentivo que existe para obligarnos a insistir en seguir conociéndole cada día, y más profundamente cada vez a lo largo de los tiempos.

 

Manú

 Un cuento de miedo

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Hay que distinguir, oh amable lector, lo que es un cuento de miedo de lo que es un cuento de asco. También hay que distinguir lo que es Miedo real y verdadero de lo que son "las recurrencias mortuorias", o sea, los tópicos y situaciones que convencionalmente conducen a la muerte o forman parte de su parafernalia supuesta o comprobable. Porque esto último no es autentico Miedo, sino simple tetricismo.

El Miedo es otra cosa. Erase una vez por lo tanto una persona completamente normal que vivía su vida cotidiana como normalmente lo hace la gente, cada cual a su manera. La única diferencia quizás es que estamos hablando de una persona muy intuitiva e inteligente y muy pensadora, que se fijaba en casi todo y lo computaba en su cerebro. Tal vez convendría que nuestro personaje fuera una mujer, -pongamos, una mujer anciana y hermosa que ya está de vuelta de todo el repertorio de sorpresas que puede ofrecer la vida humana-.

Se llama Eva. Eva es un nombre precioso que ha atraído siempre a muchos escritores, -(sobre todo a los más entendidos en misterios)-. Eva está ya de vuelta de la maternidad y del enamoramiento fácil. Hace mucho tiempo que consiguió adquirir el elixir de la eterna juventud y su aspecto actual es el de unos 29 ó 30 años; pero su alma es tan milenaria como la de la protagonista de la película El Ansia. Todos sus amores han muerto ya. Su antiguo nombre era Kirke, y fue un personaje famoso en la Grecia homérica, pero ya entonces había vivido muchos milenios, tánto que ni podría contarlos si quisiera hacerlo.

Eva es hermosa, -su verdadera pasión es ser hermosa eternamente, y sabe que jamás dejará de serlo-. Su problema entonces es la soledad. Siempre tendrá hombres que la amen por su belleza y por su imperecedera juventud, pero esos hombres irán muriendo, y el caudal invisible que discurre entre las orillas inmóviles del Tiempo se los irá llevando hacia el olvido del remoto pasado. Y Eva se irá quedando vez tras vez perpetuamente sola.

Los mortales tienen el consuelo de morirse y olvidar, -pero Eva no lo tiene-. Eva lo recuerda todo, absolutamente todo -menos el momento de su origen-.

Eva siente o piensa que si existiera Dios podría sonreírle y ser feliz, -por haber encontrado a otro condenado a ser eterno-, pero Eva es una diosa y los dioses son ateos. Su única esperanza está en que Dios exista alguna vez en el futuro; y por eso quiere seguir siendo eternamente hermosa, -para enamorarlo y hacerlo suyo-.

Cuando Eva contempla el cielo estrellado no le queda el recurso infantiloide de creer en la existencia de extraterrestres, -ya que ha sobradamente comprobado que no existe nadie más en todo el espaciotiempo, salvo ella y la vida terrestre que surgió de la nada para proporcionarle a ella el cuerpo en que habita-. No hay nadie más: Eva es El Principio, y por lo visto, todas las posiblidades parecen estar en que ese Principio siempre seguirá siendo idéntico a sí mismo y sin más derivaciones ni sucesiones: Eva ha tenido ya una cantidad innumerable de hijos, -como si fuera una abeja reina-, pero todos esos hijos fueron muriendo con el paso de los años y dejando descendientes que cada vez se parecen menos al Dios que Eva está esperando.

Las abejas reinas tontas están completamente satisfechas con su función, pero Eva es intuitiva e inteligente y comprende que su función maternal ha resultado completamente inútil. También fueron inútiles sus escarceos amorosos con los miles o millones de maridos y de amantes que ha tenido, -y que en los mejores casos resultaron en más hijos inútiles- : Todo ha sido inútil en su vida eterna, y Eva lo sabe mejor que nadie.

Por eso Eva tiene Miedo: -Es un miedo completamente sutil e imperceptible, pero desmesurado-. Tiene Miedo a resultar ser lo que se supone que es Dios, -un Ser completamente Insuperable y eternamente Solitario-.

A Eva le gusta visitar de vez en cuando los museos arqueológicos para volver a ver las estatuas que le hicieron los hombres de otros tiempos, -en Egipto, en Creta, en Grecia, en Roma, en la India...-, en todas partes. Y vuelve a comparar la exactitud o inexactitud de tales retratos. También le gusta ir a París a ver a La Gioconda, porque es ella tal como la vió Leonardo, -pero ambos sabían que ese cuadro es sólo una levísima aproximación a como Eva es realmente-.

Eva es tan hermosa que ningún ojo humano puede verla. Todos la ven guapa, pero Eva es mucho más que eso, -Eva es Divina, y la divinidad es invisible-.

Cuando por las noches se contempla en un espejo mágico se ve a sí misma en forma de orquídea de cristal en el fondo de los mares. Ella comprende perfectamente que es un Monstruo, y que si los humanos la vieran tal cual es se horrorizarían.

Por eso tiene Miedo.

Manú

 

Un cuento azul

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A veces las plumas revuelan en el aire sin pájaro dentro. Otras veces son las notas musicales las que se escapan de la partitura y se lanzan al vacío. Y en ciertas ocasiones son las gotas de agua las que se van del mar y lo dejan completamente seco.

¿Qué sería del cielo sin su color, sin sus estrellas, sin sus nubes ni sus brumas? Da espanto pensar lo que sería. -Como un pozo, pero para arriba, con su negra humedad y su hálito frío tirando de uno hacia el Abismo-.

Las plumas que revuelan por el aire son las plumas del otoño pajaril, que el viento arrastra por las rizosas curvaturas de la nada, -invisibles curvaturas pero ciertas, demostrables por sus efectos-. Las notas perdidas de la música se agrupan en pandillas y forman tarareos y cancioncillas que no ha compuesto nadie, -buscan bocas donde posarse y juguetear un rato-. Las gotas de espuma que del mar se fueron buscan hojas de árboles de cuyo filo colgarse como diminutos trapecistas en los trapecios de un circo abierto universal, y también buscan ojos y mejillas como toboganes donde simular ser lágrimas.

Erase una pluma que bogaba por el aire como una barca con muchos remos. Dentro de la pluma viajaban media docena de elfos. Los niños modernos no conocen a los elfos por ese nombre, sino por el nombre de pitufos. Los elfos son suspiritos azules. Su única palabra es "pitufar". Hay elfos y sílfides, (que es el femenino). Las sílfides son más guapas, pero los elfos también son muy lindos. Iban seis en total dentro de la pluma, -pero atención: No podían ser tres y tres-. No podían ser tres elfos y tres sílfides; porque eso sería ir en parejas, y los elfos son ante todo e intensamente colectivistas. Así que en la pluma voladora viajaban, o bien un elfo y cinco sílfides, o bien dos elfos y cuatro sílfides, o buen cuatro sílfides y dos elfos, o bien cinco sílfides y un solo elfo, o bien seis elfos, o bien seis sílfides.

Sea lo que fueran iban seis. En un determinado momento pasaron junto a la copa de una palmera, y dijeron "Esto es Africa o California, pero también puede que sea Alicante". Los otros tres que no habían pronunciado ninguno de esos nombres abrieron sus ojos como platos y torcieron sus boquillas con incredulidad. "Hay más sitios con palmeras en el mundo" dijo el cuarto elfo, que era enano, -(en comparación con los otros cinco)-, "Y hay palmeras de muchas clases" añadió el quinto elfo, que era una sílfide, encasquetándose hasta las orejas su gorro frigio que se le había torcido por el viento. "Estoy segura de ello" completó otra sílfide y ya eran dos. O sea, que tenemos en la pluma voladora cuatro elfos y dos sílfides. Y ahora vamos con los nombres:

Uno, Dos, Tres, Cuatro, Cinca y Seisa, eran los nombres de los airenautas.

Pasaron ampliamente de la palmera, y como esto no es un relato de viajes sino un cuento azul, no llegaron a ninguna parte. Uno y Dos movían los remos delanteros, Tres y Cuatro movían los remos del centro de la pluma, y las dos chicas movían los remos posteriores, -y el timón, que es el rabito de la pluma-.

Pero como las sílfides no suelen ser expertas en la navegación aérea la pluma iba dando tumbos y sin una dirección fija que pudiera llamarse tal. Tampoco los tumbos y la desorientación molestaban poco ni mucho a nuestros seis amiguillos especialmente, ya que los elfos -específicamente hablando- no son seres que tengan mucho interés en desplazarse, sino que su objetivo y mayor preocupación consiste en permanecer en algún lugar maravilloso pero sin estarse quietos. Ellos tienen un reino que gobierna un anciano llamado el Rey que tiene una hija preciosa llamada la Princesa. Al lado del trono hay un baúl que contiene un pergamino donde están escritos tres sortilegios mágicos.

NOTA DEL EDITOR: Hay autores que afirman que cada uno de los tres sortilegios mágicos escritos en el pergamino no puede ser recitado más que una vez y que luego desaparece. Pero otros autores aseguran que los tres sortilegios mágicos pueden ser recitados cuantas veces quiera el Rey, y que son como el embrague, el freno y el acelerador de un coche.

También ocurría antes -(y esto no sabemos si es NOTA o no)- que como las fronteras del reino de los elfos son fluctuantes, y limita al norte con la tierra de los unicornios, y al sur con la tierra de los hombres, y al este con la tierra de los magos, y al oeste con la tierra de los cíclopes, unas veces por unas causas y otras veces por otras, el Rey tenía que echar mano del pergamino para recitar el sortilegio correspondiente para evitar un encontronazo, o para evitar ser invadido por los reinos vecinos, o para aparcar el reino en lugar seguro. Y esto es lo que demuestra que los sortilegios del pergamino del baúl pueden ser recitados infinidad de veces. Fin de la NOTA o de lo que sea.

Iban pues nuestros seis elfitos en su pluma, sorteando con una habilidad innata a las hadas viajeras y a los rayos de sol. Las hadas, como todo el mundo sabe, son casi todas buenas y bonitas, pero algunas son malas y feas. Los rayos de sol son todos guapitos y simpáticos. Viajan mucho. Los rayos de sol son mucho más rápidos que las hadas, pero éstas tampoco se quedan cortas. Un hada en buenas condiciones físicas puede volar a la velocidad de la mariposa, pero su vuelo nunca es rectilíneo; así que por más que aceleren casi siempre están en el mismo sitio. Y esto es lo que ha hecho pensar a los elfos más sabios y más viejísimos en la Teoría del Desplazamiento Nulo a Velocidades Infinitas. Porque no se crea que los elfos son unos ignorantes como los niños chicos de la tierra de los hombres, ni como los unicornios, que lo único que saben es lucirse y embestir, ni como los cíclopes, que hacen como que piensan, -pero que en realidad no pueden pensar-, qué va, hasta los elfos más tontos son más sabios que los magos más inteligentes.

La condición élfica es eminentemente mental e intuitiva, -y son azules porque éste es el color del cielo cuando se merece de verdad llamarse cielo-. De noche el cielo es que no existe, sino que lo que hay en su lugar son las estrellas del firmamento, -que es otra cosa-. Otro nombre de los elfos y de las sílfides -además de el de "pitufos"- es el de "ideas". Los elfos son ideas.

Encambio las hadas son "ensoñaciones" o "imaginaciones", los unicornios son "fuerzas", los cíclopes son "máquinas", los hombres son "hombres" y "mujeres", y los magos son "magos". Y todo esto lo saben muy bien los elfos.

"Como no cese el viento por completo no vamos a poder aterrizar nunca" dijo Uno, y Dos asintió con la cabeza. "Nunca es demasiado decir" dijo Cinca, "si el viento no cesa ahora cesará después; pero algún día tendrá que hacerlo siquiera un ratito". Y Seisa dijo "Desde luego". "Si tuviéramos suerte" añadió Tres después de pensárselo un rato "aterrizaríamos entre las hierbitas, junto a algún arroyuelo puro y cristalino, porque tengo mucha sed". Y el resto de la tripulación asintieron en silencio. Entonces concentraron sus mentes en lo de aterrizar en la hierbita al lado de un riachuelo, -y oh prodigio, el viento cesó-.

La pluma fue descendiendo balanceándose levemente y aterrizó.

Los seis elfos echaron pie a tierra y se tumbaron en la orilla para aplacar su sed en las aguas puras y cristalinas de un río liliputiense que discurría por allí.

Después merendaron ambrosía y un sorbo de néctar de sus cantimploras.

Y como se estaba haciendo de noche decidieron acampar allí bajo una hoja.

Manú

 

El sembrador de fe

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Cualquier persona -que no sea un pobre de espíritu- puede ser un sembrador de fe: -es muy fácil-: Se toman los granitos de fe y se van depositando cuidadosamente en las cosas y lugares donde valga la pena que germinen, crezcan y prosperen.

Como los granitos de fe no existen, hay que tratarlos con suma delicadeza y respeto, -nada de tirarlos a voleo como si fueran granos de trigo-, sino que hay que depositarlos -lo que se dice "depositarlos"- como se hace con los objetos cristalinos extremadamente frágiles.

Una vez colocado en su lugar el granito de fe, hay que regarlo con una mirada bonita, -o sea, con Luz-, y con una sonrisa que le va a servir de abono. La fe es lo más débil que existe antes de germinar, pero luego que echa raíces se convierte en la cosa más dura y poderosa que puede existir en este mundo.

También pasa otra cosa, -y es que la fe no puede sembrarse con etiqueta ni con un prospecto explicativo ni con ninguna añadidura que no sea la fe limpia y sin cascarillas-. Un sembrador de fe debe tener esto muy en cuenta, y no debe pegarle al granito de fe ninguna biblia ni ningún corán ni ningún bagavad-gita ni nada de eso, sino que debe depositar su fe mediante actos y hechos perceptibles y comprobables, y no con palabras ni argumentos.

Erase pues un sembrador de fe que iba por la vida sembrando fe, -incluso sin salir de su casa-. Y como no tenía semillas, -(porque no hay ni se venden semillas verdaderas de fe en las tiendas de ninguna clase, ni en ninguna otra parte)-, tenía que sacárselas él mismo de su propio corazón, que es como un huerto donde crecen los árboles de fe y dan todos los años una cantidad enorme de frutos y de semillitas invisibles. El Sol que ilumina al huerto no es el mismo sol que ilumina al mundo de los hombres y de las mujeres, sino otro.

Iba pues el sembrador de fe sembrando sus granitos bajo la resplandeciente luz de un sol completamente invisible para todos -pero cálido y suave y luminoso e imprescindible para la vida verdadera-, y a él le daba igual que la gente no viera ni al Sol que hace crecer la fe ni a las semillas, porque tampoco pasa nada por no verlo. Así que en cada una de sus miradas y de sus sonrisas iba poniendo un grano de fe, -y la gente notaba algo raro, pero no sabía qué-.

En cierto modo resultaba ser un personaje extraordinariamente molesto para todo el mundo, como le pasa a tu perro cuando le echas en el pelo agua de colonia antes de sacarlo a pasear, -que los demás perros callejeros le toman por un perro marciano o algo así-. Resultaba molesto porque era totalmente incomprensible y sin embargo no parecían irle mal las cosas. Si el sembrador de fe hubiera sido un desgraciado de la vida ya sería otra cosa, y caería hasta simpático; pero ser raro y encima estar bien es un insulto imperdonable.

También hay que explicar lo de que no se puede ser pobre de espíritu si se quiere ser un auténtico y genuino sembrador de fe y que los granos funcionen en debida forma: Se mire como se mire ser pobre es mala cosa, y ser pobre de espíritu es todavía peor. Ser pobre de oro o de dinero es tener poco de oro o de dinero; y ser pobre de espíritu es tener poco de espíritu. Lo que conviene es todo lo contrario, -tener mucho espíritu y mucho oro y mucho dinero, o por lo menos de sobra para las necesidades básicas-. Sobre todo tener espíritu es importante para afrontar con éxito los riesgos y peligros de la vida y para poner al mal tiempo buena cara. Y además que cuando se tiene mucho espíritu termina uno por convertirse en espíritu puro, -y entonces sí que se está por encima de todas las cosas materiales y mundanas-.

Cuando se está por encima de todas las cosas materiales y mundanas uno valora a otras cosas verdaderamente valiosas, como la fe, -(y el gozo y los placeres estéticos e intelectivos, y el buen arte y la buena música)-, y si valora cosas realmente valiosas que no sean materiales ni mundanas, acaba por adquirirlas fácilmente, ya que nadie se las disputa.

Y ya -rizando el rizo- todo poseedor de tales cosas las regala.

Así que el sembrador de fe es el gran regalador -rara vez aceptado- de lo realmente valioso que puede tener la vida.

Manú

 

El cuadro

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Preparó el lienzo, los pinceles, los pigmentos, la paleta, -todo lo necesario para pintar un hermoso cuadro con la idea que se le ocurriera-.

Tenía ojos para ver y manos para llevar los colores a sus lugares correspondientes; lo tenía todo, excepto el modelo que habría que reproducir.

Pintar en una tela la imagen de algo que está fuera de nosotros se hace con las técnicas que se enseñan en las escuelas que se dedican a enseñar a pintar, pero para pintar algo que no existe en ninguna parte hay que inventarlo todo sobre la marcha, bajo la dudosa guía del subconsciente.

Erase pues una persona totalmente decidida a pintar un cuadro, pero sin ni la más mínima idea de cómo se pinta un cuadro, -porque esta ignorancia era la condición sine qua non para su experimento-. "Pintar un cuadro sin que se produzca un milagro es una estupidez" se dijo para sus adentros. Y la profunda convicción que tal frase le produjo le situó exactamente en el lugar psíquico en el que todos los grandes pintores lograban plasmar sus obras maestras.

Calculó la tensión de su brazo derecho y de su mano, e imaginó el recorrido de los nervios hasta el lugar exacto del cerebro y del ramal hasta sus retinas.

No tenía ninguna prisa, pero estaba al acecho como un animal predador que espera a su presa. Aguardaba críticamente al automatismo de la inspiración.

Los nervios de su cuerpo empezaron a tensarse y a querer saltar sobre los colores de su paleta y sobre la tersa blancura de la tela, pero se contuvo.

Así permaneció todo el tiempo que le fue posible, soportando su tormenta interior y las imágenes entrevistas a la luz de sus relámpagos, sus seísmos y estremecimientos, su ansia por pintar y su desenfrenado deseo de hacerlo.

La autohipnosis le llegó relativamente pronto -sin lagunas de desánimo-, lenta y feroz y serena como la creación del alba. Sólo una pequeña luz azul permanecía alerta en el centro de su frente observándolo todo y reservándose su opinión. Su mano alzó el vuelo hacia el cielo blanco llevando en su pico la primera gota de color y el anhelo del primer trazo. . . -llegó y se posó y bebió en la blancura-, reemprendió el vuelo y volvió a su origen.

He aquí pues al módulo inicial, la primera palabra, el fíat creador, y en Ello está su propia lógica. Miró a la paleta de colores buscando a ciegas, lo encontró.

Fué y vino infinitas veces, reencarnación tras reencarnación de infinitas vidas similares y diferentes, hacía atrás y hacia adelante, tejiendo sueños y destejiéndolos, tomando residuos anteriores y reutilizándolos con nuevos añadidos de color y forma, fué y vino, y el rostro del cuadro iba cambiando, pero la avidez de la mano de su alma era siempre la misma, insaciable, tenaz, ardiente, ansiosa y amante hasta más allá de toda desesperación y de todo consuelo, y en cierto modo impasible, indiferente, absorta en una idea que estaba en la lejanía al otro lado de los resultados de la pintura y del cuadro mismo, como el anhelo fijo y estelar de un corazón que palpita en sístoles y diástoles -no para sí mismo, sino para llegar a alcanzar al espejismo de su deseo-, y retornaba vez tras vez lo que Ello fuera con el pretexto de estar pintando un cuadro, pero sabiendo perfectamente que se trata ahora y siempre se tratará de un objetivo completamente distinto, impensable e intraducible, y que ese objetivo es el único fin que justifica a todos los medios.

Dejó el cuadro sin terminar -pero rebosante de colores y de formas hasta en la última e infinitesimal partícula de superficie: Todo cuadro verdadero es inconcluso. Dejó el cuadro sin terminar porque ésta es la otra condición sine qua non de su trabajo, y la razón más profunda de su experimento: "Tengo que sobrepasar la plenitud" se ordenó imperiosamente. "Más Allá me atrae".

Cualquiera que viera el cuadro vería innumerables imágenes coherentes de un paisaje que discurre por todas las latitudes de la tierra y por toda la fauna y toda la flora y por todas las expresiones y actitudes del ser humano reales e imaginarias, y jamás vería en ningún lugar que el cuadro estuviera inacabado.

Pero lo está, -quien lo esta pintando sabe perfectamente que el cuadro está esperando inesperadas continuidades más allá de todo lo actualmente representable y de todas las imágenes que ni la más penetrante imaginación humana puede ni podrá jamás alcanzar-.

Manú

 

El secreto de la Música

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Todos cuantos hayáis visto alguna vez la admirable película titulada "Todas las mañanas del mundo" habéis tenido la oportunidad de comprender -o cuando menos de conocer- cuál es el secreto y el misterio originario y más profundo de la Música, que es revelado al final de la película: "La Música es un abrevadero puesto para que los muertos puedan acercarse a beber".

Habemos o existimos numerosas y diversas clases de muertos, que volvemos vez tras vez a esto que llamamos Vida sedientos para beber diversamente en algún tipo de música. Somos muertos de muchas clases, pero todos padecemos la misma sed.

El primer instrumento musical fue una tibia humana hueca que alguien encontró en un cementerio y donde por casualidad sopló a modo de flauta.

Todos los muertos que allí habíamos nos estremecimos al oír aquel sonido.

Quisimos incorporarnos en nuestras tumbas al llegarnos un sonido más penetrante que el del viento en los cañaverales y que el grito más agudo de los pájaros, pero no nos fue posible, porque los cuerpos muertos no pueden moverse por sí mismos. Entonces hubo que buscar algún camino para acudir a la llamada. Y no hay ningún otro camino para regresar de la muerte sino a través de un nuevo nacimiento.

Por eso hemos vuelto a la vida y volveremos a hacerlo siempre, -por sed de música-.

Después de aquel prístino momento de la tibia musicaria fueron siendo inventados los instrumentos musicales, pero ninguno produce el mismo escalofrío que aquel hueso de muerto. El arpa y la lira, la flauta de Pan y la de dos cuerpos, el sistro, el timbal, el gong, el violín, el piano, el órgano, sólo dan aproximaciones al sonido que los muertos necesitamos oír frecuentemente.

"Quien bebiere de este agua volverá a tener sed; pero quien bebiere del agua que yo le daré no volverá jamás a tener sed sino que se convertirá en una fuenta de agua para la vida eterna" TÁNTO MONTA, -porque el resultado es provocar nuevas SED en los demás-.

La Vida y en general toda la Sinentropía son los resultados acumulados de la SED de Temblor Musical que tiene el Alma de la Realidad, (de la que todas nuestras almas forman parte). Tiene esa sed mucho que ver con el calambreo eléctrico, pero es mucho más sutil y refinado, porque no se trata de una cuestión simplemente física que podría estudiar la Ciencia, sino que es una cuestión profundamente psicológica que sólo puede ser estudiada por las mentes de los dioses.

Existen algunos diletantes y musicólogos que parecen haber atisbado el profundo Horror que late en el seno de ciertas composiciones musicales , tales como en algunas sonatas de Beethoven y en algunas de sus sinfonías, así como en las obras de otros varios autores: Es un Horror que hasta a los dioses espanta.

El señor de Saint Coulombe -(el de la película antes citada)- seguía enamorado de su esposa muerta. Y su viola era una fuente de agua viva para la vida eterna a la que el alma de su esposa acudía sedienta sin saber ni siquiera desde qué vientre ni desde qué cuna.

Jamás pues ni Saint Coulombe ni Beethoven volverán a ser músicos profesionales desde entonces, al menos en muchos siglos. Porque ser fuente o abrevadero para las almas que viven en la vida eterna es lo más espantoso que se puede ser, en este mundo y en cualquier otro. Ni todas las potencias del infierno podrían soportarlo.

Es inmensamente preferible mantenerse musicalmente ignorante en las siguientes vidas, -sin pasarse mucho de aporrear un piano o de rascar un violín-, para que nadie se enamore de nosotros por la Música que sepamos componer.

Es un consejo de buen amigo.

Manú

 

El Avatar

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Existirá alguna vez una persona física y concreta en cuya alma habitará el espíritu de un dios, cuya misión será abrir ante la humanidad un nuevo horizonte de comprensión del destino de los seres y de las cosas.

Esa persona puede ser cualquier persona que tenga la capacidad de albergar a un dios en su alma, y que tenga también el talento necesario para respetar la presencia y el trabajo de ese dios.

Si algún dios nos habitara, él sabría cómo producir los eventos necesarios en nuestras vidas para él aprovechar nuestras reacciones de sistema estímulo-respuesta en orden a utilizarnos como instrumentos vivientes de su trabajo.

Tal vez el Avatar nunca se enterará de que lo es, ni podrá comprender dentro de sus parámetros racionales la estructura de la obra para la que es utilizado.

Hay empero algo que los teólogos llaman "unión hipostática" y que viene a ser una comunicación interior entre dos niveles de la consciencia del Avatar.

Por esa unión hipostática la persona instrumentalizada por la avataridad siente que algo importante y trascendente está ocurriendo en su vida y en la del mundo a través suyo, y que tal persona se halla en una ambigua situación a mitad de camino entre la de un mero espectador del acontecimiento y la de un esclavo implicado en operaciones que se ve obligado a realizar sin comprender.

Cualquiera de nosotros podemos estar albergando al Avatar de la nueva era. Y lo único que se nos exige es la plena disponibilidad al servicio del Destino.

Hay un modo muy fácil de evitar la esclavitud a cualquier proyecto del Destino: Negándonos a servirle. Y en tal caso seríamos desechados por no aptos para la operatividad avatárica del dios. Pero entonces nuestro destino personal descendería al rango del de los seres poco importantes, llamados "contingentes" en la terminología teológica clásica, y que no es necesario que existan.

Encambio, ni el dios más poderoso puede hacer nada sin alguna persona humana en cuyo alma habitar y cuyo cuerpo utilizar como instrumento de su trabajo. La persona en cuestión tendría así garantizados cuidados y atención divinos, como el caballo de un rey o el automóvil de un personaje importante.

Erase pues una persona en cuyo alma habita un espíritu que los hinduístas llaman Kalki. Esa persona tiene que estar existiendo en algún lugar de este astro en que habitamos. Tal vez aún no haya nacido o tarde varios siglos en hacerlo, pero toda su Previedad está siendo cuidadosamente programada, desde el principio de la existencia de la humanidad, o tal vez incluso desde mucho antes.

También parece lógico que la avatarización de un dios no sea un hecho único y puntual en el seno de toda la especie humana, sino que es muy probable que se trate de una constelación de Presencias estructuradas y organizadas en torno y función a un punto gestáltico común. En tal caso, muchos serían los llamados a participar solidariamente en el hecho trascendental a realizar.

El observador de este cuento encuentra curiosa e interesante la multiplicidad de teorías espirituales heterogéneas actualmente coexistentes en este mundo, y ve en ello el ambiente de caos y confusión propicio para una eclosión de Lo Inesperado Presentido. Es inexorable que Algo llegará, pero le es necesario hacerlo en forma imprevisible e incomprensible para evitar toda resistencia.

Toda forma de mundo en vigencia se resiste a morir y a ser sustituido por un nuevo orden de las cosas. Pero si esa forma de vida geopolítica y social no es congruente con el modo de estimulación de la nueva era tampoco reaccionará a algo que para ella es imperceptible. Kalki tendrá que ser alguien totalmente ajeno a los intereses ordinarios y extraordinarios de los mortales.

Pero será inmensamente poderoso por la Ausencia de intereses en lo que haga. Si alguien pudiera espiarle y filmar sus actos, vería sólamente acciones sin sentido ni coherencia efectuadas al margen del sentido común, dirigidas por una voluntad férrea y tenaz, y por una mente lúcida de decisiones exactas.

Estamos acostumbrados a esperar que se nos convenza con palabras; pero Kalki hablará con el lenguaje de los hechos, sin que éstos sean interpretables.

El resultado de su paso tampoco podrá ser comprendido, pero será el eje sobre el que girarán los futuros siglos y todas las cosas grandes y pequeñas.

El Avatar será como un capítulo más de los expedientes x, como una realidad sin comprobación, como un misterio omnipotente actuando desde la sombra.

M a n ú

 

El Durmiente

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En todas las culturas suele haber uno o varios personajes mitológicos que esperan en un profundo sueño letárgico -muchas veces mortal- alguna fecha determinada para despertarse, y que realizan en el mundo exterior desde ese sueño alguna misteriosa función.

En la cultura cristiana están los Siete Durmientes de Efeso, que parece ser que guardan una de las Puertas Arquetípicas de nuestro mundo para que no entren los demonios; aunque no parece que sean muy eficaces en su misión.

Algo similar ocurre en ciertas regiones de Asia Central, y en la espera de ciertas comunidades amerindias insuficientemente estudiadas, y desde luego en la mitología de grandes cifras astronómicas del mundo hindú, cuyos Yugas duran millones de años.

Tengo un tocayo llamado Manú en el origen mítico-práctico de la civilización hindú; y con el rodar de los eones y después de oír respecto a él múltiples referencias, me picó la curiosidad de conocerle, en la forma y medida en que mi librero pudo proporcionarme una traducción del Libro del Código de Manú.

Lo que se dice en ese libro es muy interesante, pero lo que más llamó mi atención es el "estado normal" en el que ese Manú se encuentra antes de que los sabios bramines le interrumpan en su meditación para pedirle algunas leyes, -y que supongo que sería el mismo estado meditativo al que volvería después de dictar su famoso e importante libro-: Una especie de éxtasis empático.

También me resultan interesantes las órdenes religiosas cristianas contemplativas, que son como la versión occidental de lo que muchísimos ascetas hacen en la India, y que fue una de las primeras etapas del mismo Gautama Buda: Contemplar Nó-Sé-Qué intensamente y profundamente.

Está acabando un periodo de un trío de siglos excépticos para quienes todo lo que no sea el Ver Para Creer no existe, pero al final de ese periodo hemos entrado de lleno en la Física Cuántica y demás afines estructuraciones de la Realidad bastante poco inteligibles para el común de los mortales vivientes. Y esto hace que el valor potencial de los hallazgos contemplativos orientales y occidentales vaya subiendo en la estimatica de las personas inteligentes. Sobre todo después de medir y contar los escasos resultados prácticos y realmente útiles del excepticismo materialista.

Otras cosas que siempre me han llamado la atención son la expresión y el lenguaje mudo de muchas estatuas antiguas, y especialmente las búdicas y las neolíticas, (como por ejemplo la de la Dama de Baza y algunas cretenses).

Mirar así y mostrar esa expresión está diciendo algo. Quizás esto no sea más que el test de las manchas de tinta, -pero eso no es precisamente "poco"-. Ese test extrae de nuestras profundidades psicológicas contenidos que no sospechábamos que existieran, pero que operan todo el tiempo en nuestras vidas y en nuestras relaciones con el exterior, igual a como se cree que lo hace el Durmiente en las diversas mitologías. Y es que todo funciona como si Alguien que se encontrara por encima de la racionalidad y del reduccionismo materialista estuviera rigiendo nuestro mundo desde dentro de nosotros mismos, o desde dentro de algunas personas muy especiales.

M a n ú

 

La advertencia

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" La idea básica de sus cuentos -(de H.P. Lovecraft)- es que el hombre no debe investigar o jugar con ciertos fenómenos, y que si lo hace, traerá como consecuencia su propia destrucción. "

Después de leer tan sabia advertencia del comentarista, cerró el libro, se acomodó más profundamente en su sillón y encendió un cigarrillo. La luz era la apropiada a los gabinetes suntuosos y misteriosos donde ser refugian ciertos hombres impíos para violar las prohibiciones de la prudencia humana.

La mayoría de los lectores de relatos de terror suelen considerarlos un simple género literario cuyo único designio es distraerles un rato, pero Carlos veía en tales relatos un reguero de involuntarias pistas dejadas inadvertidamente por la imaginación de los autores al confeccionar sus obras, ya que Carlos era una especie de Sherlock Holmes del mundo fantástico al cual investigaba.

Por principio Carlos no descartaba la existencia de lo llamado "sobrenatural", pero tampoco creía en ninguna de tales existencias sin pruebas convincentes integradas en un sistema global de Realidad ontológico y psicológico. Había leído y visto prácticamente todo lo escrito y filmado sobre las imaginarias entidades extrahumanas, -fantasmas, demonios, vampiros, licántropos, seres malignos emparentados con los dinosaurios o con otras especies animales, diablos antropomorfos del futuro o de civilizaciones inaccesibles a la percepción homínida, y un largo etcétera-, y no creía ni una sola palabra de todo eso; pero seguía sin descartar la posible existencia de entidades ajenas a lo actualmente conocido respecto el devenir de la materia, de la energía y del psiquismo.

En opinión de Carlos, algunos autores de cuentos de terror utilizaban -sin ser

conscientes de ello- algún órgano mental prospectivo cuyo alcance era mayor que el de la imaginación propiamente dicha; y que tal órgano revelaba a veces existencias matemáticamente lógicas y estructuras vivientes a su modo que eran el origen real de las popularizadas ficciones imaginarias. "Los vampiros no existen" pensaba Carlos, "pero detrás de ese concepto existe Algo que es o son auténticos vampiros". Y lo mismo pensaba respecto a los demonios, los zombis, los fantasmas, los hombres-lobos y demás especies de la fauna terrorífica, -así como también respecto de las hadas, elfos, trolls, dioses y demás especies de la fauna tradicionalmente legendaria-. "Algo hay en ello".

Así que la advertencia del comentarista de Lovecraft le parecíó interesante y digna de ser tenida en cuenta, pero no por miedo a toparse en algún rito con alguna aparición satánica, sino por elemental prudencia para no hacerla surgir del interior de su propio psiquismo: "Existen dioses y demonios, pero los tenemos dentro".

Desde el fondo de su sillón en sombras Carlos emitió una suave carcajada al recordar la restringida forma en que la Ciencia actual suele considerar a lo psicológíco, reduciéndolo a una simple cuestión personal en cada caso. "Ni el Espacio que ocupa el Universo es tan grande como el área de acción de un psiquismo, ni la realidad física es tan compleja como la estructura del inconsciente". Es más, Carlos pensaba -y dicho sea en términos matemáticos-, que todo el Universo, incluída la Humanidad, son "un caso particular" de una realidad envolvente e inmanente de naturaleza psíquica. "Creemos sólo y siempre lo que esa naturaleza psíquica nos permite y nos obliga a creer".

En cierto modo Carlos era un rebelde alzado en armas en contra de la mente humana sometida a lo que él llamaba "La Gorgona", que a su vez no era más que una "deformación aberrante ideológica" de otra idea mediática llamada "La Medusa", que a su vez era la lógica resultante del choque entre "el Holograma objetivo" y la consciencia personalizada. Como se ve, Carlos no creía en los personajes de los cuentos de terror, pero sí creía en la existencia de otras cosas mucho más terroríficas aun.

Su Rebeldía iba especialmente dirigida contra la Muerte, -dueña y señora voluntariamente aceptada por toda la humanidad-, lo cual le convertía a él en guerrero de un imperio de inmortales, que él no sabía si existía ya o si tardaría miles o quizás millones de años en empezar a existir. Tal dato es irrelevante para cualquier guerrero que se rebela en contra del Imperio de la Muerte, al cual actualmente la humanidad pertenece, porque las guerras psicológicas no dependen del número de contendientes, sino de la calidad de los mismos.

Carlos sabía perfectamente que si conseguía convertirse en arquetipo, el reinado de la Muerte tendría sus días contados. Así que se atrevió a pronunciar el sortilegio: "No existe ningún dios por encima de mi cabeza".

Resonaron un trueno y un chasquido y las luces de toda la ciudad se apagaron para reencenderse casi inmediatamente.

M a n ú

 

S c r i p t u r ae

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Los internautas acostumbrados a investigar en los códigos-fuentes y a redactarlos no son quizás conscientes de que se sitúan en el mismo meridiano del hecho de la Escritura, pero unas cuantas espiras más arriba.

Etimológicamente, la palabra "escritura" viene a significar "lo secreto".

Todo el inmenso galimatías de la informática internetiana procede del desconocimiento general de los módulos básicos del lenguaje que se utiliza. Y ese desconocimiento -que ya es normal en la inmensa mayoría de usuarios del correo electrónico y demás funciones de internet- parece estar fomentado por un secretismo muy particular y muy clásico en los técnicos de todos los tiempos que profesan la manipulación de símbolos como una especie de sacerdocio, motivado porque "Todo conocimiento secreto da Poder".

Se hacía llamar "Kassím", pero no era árabe sino finés, rubio y cruzado de varias estirpes meridionales que se acusaban en cierta primitivez y dureza en sus arcos superciliares y en sus pómulos, que le venía de ancestros griegos y turcos.

Era ingeniero en media docena de disciplinas, y conocía desde la escritura jeroglífica egipcia y las runas nórdicas hasta las tres lineales cretenses, la cuneiforme y una treintena al menos de otros alfabetos exóticos, todos cuyos sistemas ideográficos había combinado en una sola y única semántica global.

"Cuando una persona mantiene su pertenencia consciente a sus ascendientes de los últimos pasados siete u ocho mil años" dijo mientras removía con la cucharilla el azúcar de su taza de té "dispone de un poder ancestral que no puede disputarle nada ni nadie". Se había hecho ya de noche en la terraza de aquel cafetín de Fez, y la dama joven y morena que le acompañaba se envolvió en su chal al sentir un insólito hálito frío.

"El Olvido empobrece y mata" musitó ella suavemente con una sonrisa.

Cualquier persona ligeramente versada en la estatuaria del Antiguo Egipto habría reconocido inmediatamente las facciones de la dama en el Grupo de Men-Kau-Ra, pues eran las mismas que habían respetado los muchos siglos.

"No es una cuestión dinástica" añadió su compañero, "sino psíquica: La gran biblioteca la tenemos en los genes, y es allí donde debemos leer directamente lo que somos".

Hathor es una diosa, y ella lo sabe perfectamente, aunque de vez en cuando se cambia a un nuevo cuerpo y tiene lapsus de memoria. Ahora es una bien conocida mujer de negocios, entre los cuales se cuentan grandes cadenas comerciales internacionales. "Nunca he mirado a través de un microscopio electrónico ni pienso hacerlo jamás".

"No es necesario" repuso el hombre. "Basta con hacer instrospección".

Las personas jóvenes de vidas multimilenarias detestan estancarse en ninguna época. Tampoco Kassím siente ningún aprecio por la física moderna.

"Una ligera autohipnosis" añadíó "puede suministrarte muchos más datos que todos los análisis electrónicos". Dió un sorbo a su té. "En el fondo todo procede de cuatro palabras primordiales".

". .. . NUN . . . . . .HUH . . . . . . KUK . . . . . . NIUAU . . ." recitó lentamente la dama.

M a n ú

 

El retrato

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En ciertos casos particulares, el encuentro fortuíto con el retrarto de una persona muerta y totalmente desconocida puede cambiar para siempre el rumbo de nuestra vida.

Quizás concurren en este hecho dos series de circunstancias: Por una parte la persona viviente ha de estar en ese tipo de situación en la que la inercia de su vida anterior se ha reducido casi a cero; -en ese tipo de situación de cuando no se sabe qué hacer y ya no vale la pena seguir como anteriormente-.

Por otra parte el rostro del retrato y su expresión han de contener un tácito mensaje, -como el rostro de esos guías que aparecen silenciosamente en la puerta de alguna mansión o de algunas oficinas, o de algún establecimiento militar u oficial de acceso reservado, y que al verlo sabemos sin palabras que nos va a guiar adonde corresponda-.

También es necesario que la persona viviente sepa descifrar inmediatamente la intención de una mirada -neutra para todo el mundo, menos para quienes la estaban esperando al final de su camino-.

La vida humana contiene un alto nivel de sutilezas donde ya las palabras significan cada vez menos y es el lenguaje fáctico el que hace de llave para las puertas de las áreas de alta privacidad.

Algo análogo a esto, pero en hortera y en ridículo, es la etiqueta que cada vez más frecuentemente y ya casi en todas partes se le obliga al visitante a ponerse en la solapa izquierda. Quienes saben mirar y comprender miradas no las necesitan.

De este modo es como un antiguo retrato puede convertirse en la puerta de entrada a un recinto invisible e inmaterial en donde se nos estaba esperando.

Cuanto mayor sea la importancia trascendental del lugar al que queramos acceder tánto más excluyentes serán sus condiciciones de admisión: En algunos sitios está prohibido entrar con perros, y con paraguas, y con abrigo largo de calle, y con ropa inadecuada, y -ya en última instancia- con cuerpo.

Prácticamente, en todos los lugares trascedentales es imposible entrar con el cuerpo humano con el que nos vestimos normalmente en todos los demás sitios. Quienes no sean capaces de prescindir de su cuerpo no son admitidos jamás Allí.

Esto lo supo Jorge al cabo del largo momento en que estuvo contemplando el retrato del extraño adolescente que en atuendo muy antiguo presidía el salón desde la pared de la chimenea. Si quería pasar a través del fuego y de los muros tendría que dejarse el cuerpo esperando sentado en un sillón del salón.

Y fue así como lo hizo. Avanzó hacia el fuego y las llamas le envolvieron por un instante, e inmediatamente se halló en una estancia de paredes de cristal y techo opaco que se adentraba en un jardín bajo la plenitud del medio día.

Salió a aquel exterior y se dirigió hacia un blanco y altísimo surtidor.

Lo que luego sucedió no hace al caso de este relato, ya que lo único importante a retener es que el retrato de alguna persona que vivió siglos atrás puede ser la entrada a otras realidades que confluyen con este mundo en que vivimos; y que en esos otros recintos sólo se permite entrar a los espíritus que realmente somos.

M a n ú

 

El gesto y la red

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Manú leyó atentamente el artículo de Luisa Iboggio en el Cuaderno de Bitácora y se propuso consultar todo lo oficialmente conocido sobre la glándula timo. Sonrió por el resto de los comentarios de la hermosa dama, a la que no conocía pero completamente seguro de que ella era hermosa y oscura.

Ya antes le había tácitamente dedicado el cuento de La Roca de este mismo libro; así que gestionó girando separados los dedos índice y pulgar de su mano derecha y envolvió lejanamente a Luisa en una invisible red de espacio y de tiempo, y la insertó rápidamente en este mismo libro y en este cuento.

Luisa es como un lago en donde se despeñan dos opuestos torrentes, -el río de la excéptica racionalidad y el río de la milenaria tradición andina-, y su fragor silencioso es como el del Urubamba al pie del Machu Pichu.

En tiempos antiguos Luisa fue princesa Inca innumerables veces y sacerdotisa del Señor de las Cuatro Potencias, y es en este contexto en el que puede ser comprendida su regia certeza actual sobre el ámbito de la Ciencia.

Desde la más remota prehistoria es bien sabido que toda afirmación sobre la naturaleza de las cosas podrá ser revisada y rectificada algunos años después y en los siglos siguientes; y también que corresponde a los magos mantener la vigencia de los principios ancestrales enunciados en el origen de cada cosa y ser por quienes tienen la potestad de ver las esencias en devenir.

Este es precisamente el caso de Manú y de Luisa y el del puma y el jaguar.

Los cuatro están al acecho, y los cuatro se envuelven en su impasible espera.

Las aguas de río fluyen y todo pasa; pero quienes se mantienen en la orilla están fuera de la corriente que va borrando todos los recuerdos. Para ellos hay Otro Tiempo que no se mide en minutos ni en horas ni en días, sino en estaciones y en alturas. Los cuatro saben trepar por la ladera de la montaña y observar el imperceptible cambio en los árboles y en la hierba y en los arbustos, camino hacia arriba de la Nada Blanca y camino hacia abajo de la Nada Oscura. Los cuatro son tótemes de sus tribus y de sus almas invisibles.

A Luisa le molesta el aparente desprecio de Manú hacia los mortales, sin ver todavía que se trata de la actitud embromadora que se adopta con los bebés.

Los seres humanos actuales son todavía larvas, y decirles que son larvas no tiene nada de despectivo si se tiene en cuenta la metamorfosis que les aguarda. Lo que no sería ni verdadero ni justo es decirles a las larvas que son el producto final y acabado de su evolución y que abandonen toda esperanza.

Luisa conoce algo del Alma, aunque a Manú le parece que lo que ambos saben o conocen respecto al Alma no es todavía totalmente suficiente para enunciar una teoría completa sobre el asunto. Que el alma humana es Algo es evidente; y que ese algo está Estructurado es bastante probable. Y en este punto Manú le da la razón a Luisa sobre la imprescindible necesidad de idear algún tipo de lenguaje cuyos términos se ajusten exactamente a lo que se quiere decir, sin más analogías cientificoides ni de demás formas coloquiales.

"Nosotros Las Almas" es el título de un libro inédito que Manú escribió hace años, y que junto con otros muchos está a la espera de que llegue su milenio.

Salvo excepciones, jamás se debería escribir para el presente, porque toda idea aceptable para una generalidad es siempre sospechosa y queda uncida a la época en que triunfa, y con ella va muriendo día tras día. Es preferible tener la paciencia de las rocas y de las estatuas de los dioses, y sonreírle al Tiempo.

M a n ú

 

Carpe diem

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"Aprovecha el día de hoy", que es lo que significa la locución latina que da título a este cuento, ha sido un consejo recurrente a lo largo de más de dos milenios para incitar al oyente o al lector a aprovechar placenteramente los días de su efímera juventud, -pero ése es el sentido más banal y menos interesante de este adagio-. Y es que hay cosas mucho más rentables y más importantes que aprovechar en cada día de hoy, desde el primer momento en que uno comienza a tener uso de razón y a hacerse responsable de su propia vida.

Tendría Angelito no más de nueve o diez años cuando tuvo su primer enfrentamiento con su director espiritual en el colegio de curas en donde estudiaba.

"Prefiero tener que arrepentirme a tener que lamentarlo" explicó al severo anciano.

"¿Y cómo distingues tú esos dos verbos?" replicó a su vez el viejo jesuíta al filosófico alumno arrodillado en el confesionario.

"Se arrepiente uno cuando ha hecho algo malo; y lo lamenta cuando no ha hecho algo que podía ser bueno".

Fueron pasando los días y los meses y los años y aquella norma de conducta fue una de las muletillas de Angelito, después convertido en Angel, y después convertido en Don Angel. Naturalmente tuvo que arrepentirse de innumerables acciones por no haberlas querido lamentar en su momento; pero así y todo, el balance era positivo. Angelito y Angel y Don Angel fueron un buscador incansable de fascinaciones y misterios. Él distinguía lo que es una "fascinación" de lo que es un verdadero "misterio" en el componente emocional del asunto. Las fascinaciones gustan y dan un pelín de escalofrío, mientras que los misterios son como el clishé del negativo de la misma foto.

Así que cuando alguien le propuso meterse a hacer magia no lo dudó ni un momento. En el colegio se decía que los malvados satánicos trabajan con hostias consagradas conseguidas por viejas que van a comulgar y se la sacan de la boca y las guardan en un pañuelo, pero él no se creía que eso pudiera funcionar, porque una hostia ensalivada pierde su principal componente, que es su espiritualidad mágica. Tampoco vale una hostia robada directamente del copón, porque se la está sacando de su contexto.

Con el agua bendita pasa tres cuartos de lo mismo: Angelito no se creyó nunca que sirva para espantar vampiros. Ni los crucifijos tampoco; -(a menos que los vampiros les tengan asco porque les recuerde a la muerte)-. Así que después de darle muchas vueltas a lo que la mayoría de las personas entienden por "magia", Angelito, Angel y Don Angel, optaron por investigar en profundidad el tema sin cortapisas ni prejuicios.

Si tuviéramos que hacer la relación nominal de los supuestos magos y brujos que visitaron A., A. y D.A., no tendríamos sitio para más en este libro; por lo que vamos a omitirla. Pero un día muy concreto le ocurrió un encuentro casual y momentáneo totalmente trascendental; duró unos tres o cuatro minutos: Fue su encuentro con el Sol:

Fue un 21 de marzo hacia la una y veintidós -hora oficial- del medio día.

Angel había viajado a un pueblo de la sierra para pasar sus vacaciones de semana santa, y a aquella hora estaba paseando por un bosque a modo de parque que había en los alrededores del pueblo. Encontró una fuente construída rodeada de cuatro bancos de mampostería y se sentó. Desde allí divisó entre los árboles una especie de basamento de un inexistente edificio del que quedaban dos escalinatas simétricas. Se levantó y fué hacia allí.

Se acerco; lo rodeó; subió por una escalera a una plataforma rectangular rodeada por un banco corrido a excepción de por dos huecos para el final de las escaleras. Bajo y anduvo observando: Allí había algo sumamente extraño que no acertaba a definir. Observó atentamente las cuatro paredes de la construcción, incluso pasando su mano al tacto. Observó también los escalones y sus gruesos muretes a modo de pasamanos. Sentía en las sienes los latidos de su corazón espectante y una levísima presión obsesiva en el centro de su frente. Estaba completamente seguro de que allí había algo totalmente extraño e inusual, pero no encontraba nada que revelara qué.

Hasta que de súbito lo comprendió: No era que allí "hubiera algo", sino que allí "faltaba algo que debía estar": LA SOMBRA.

Efectivamente, no había ni un milímetro de sombra en toda la construcción, ni en sus paredes ni en el suelo al pie de las paredes.

Miró su reloj de pulsera, -era la una y veintidós, hora oficial del medio día en el meridiano del lugar, un día 21 de marzo-. Aquel fenómeno no volvería a repetirse hasta seis meses después, y era muy improbable que alguien pasara casualmente por allí durante los tres o cuatro minutos en que era observable.

Se dirigió adonde vivía el cronista de la villa, que era también médico del pueblo, y le contó su hallazgo.

"El sitio que usted ha visto se llama "El Merendero", y lo único que sé de él es que fue restaurado en 1.906, por algunos desconchones que tenía en el revestimiento de mortero y algunas erosiones producidas por la intemperie en su estructura de piedras. Lo que sí hay por allí muy interesante es un círculo de dólmenes en las montañas, que tienen al "Merendero" exactamente en su centro".

Aquella noche Angel volvió al lugar. Era plenilunio. Se sentó, frente a la Luna, en el banco corrido que coronaba a la construcción, y esperó a apasionarse.

El viento a través del bosque parecía susurrar una ancestral canción musitada por millares de gargantas. Imaginó que todo el valle estaba ocupado por una multitud sentada en el suelo. En un momento dado sintió que una fuerza interior le puso en pie y le obligó a alzar los brazos, y sus pies iniciaron la danza griega del sirtaki.

Fue con esta danza con lo que adoró a la Luna y al Sol Ausente.

Fue su primer rito verdaderamente mágico, del que no se arrepintió jamás.

M a n ú

 

¿ Qué es un cuento ?

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Pienso que todo el mundo ha leído cuentos en su infancia, y que un tanto por ciento muy respetable de personas siguen leyendo cuentos de diferentes estilos durante toda su vida. O sea, que el cuento no es una cuestión baladí.

 

Pero, ¿qué es un cuento? Y como no me gusta recurrir al diccionario más que en casos muy extremos, y sólo después de haber agotado toda mi biblioteca mental, voy a intentar darme una respuesta. Los cuentos más simples que he visto son para niños que ni siquiera o apenas saben leer, y consisten en un gran dibujo donde se expresa gráficamente una idea, -por ejemplo, un dragón volador dando un mordisco a la luna llena y convertiéndola así en cuarto menguante-. Normalmente se les pone a estos cuentos un título y un breve texto en letras muy gordas.

 

Están después los cuentos clásicos universalmente conocidos, -Blancanieves, Caperucita Roja, Alicia en el país de las maravillas, los Viajes de Gulliver, Cenicienta, etc- que siempre tienen un trasfondo moral en forma de moraleja o enseñanza muy fácil de asimilar. Sobre este mismo modelo se han escrito innumerables otros cuentos diversos y parecidos por todo el mundo.

 

Existe otro tipo de cuentos, generalmente infantiles -y que forman la mayoría-, en los que se incorporan elementos fantásticos a modo de personajes y de transformaciones: Hadas, ranas que se convierten en príncipes y cosas de ésas.

 

Modernamente parece que la idea clara y tradicional de lo que es un cuento se perdió, y ha llegado a confundírsele con la novela corta, así como a la novela ha llegado a definírsele como "un cuento de más de cincuentamil palabras".

 

Pienso que no es así, y que un verdadero cuento tiene y debe tener un esquema dual moral-fantástico -(que no debiera salirse de lo Verosímil)-, mientras que la novela -tánto si es corta como si es larga- se refiere única y exclusivamente a la vida humana consensuada como "normal", aunque a veces tienda a situarse en situaciones límites o periféricas. El cuento encambio no es "una exacerbación de lo real" sino "una óptica diferente para contemplar la realidad" -y siempre sobre un trasfondo moral-.

 

Por lo menos ésa es mi definición y a mí me vale.

 

Érase pues una vez un escritor de cuentos que podría ser una chica, o una señora muy parecida a Jessica Fletcher o Flesher (la de "Se ha escrito un crimen"). Y como somos hispanohablantes, la chica se llama Gloria.

 

Gloria empezó a escribir cuentos desde muy niña; y llegó a saber sobre cuentos todo esto que estamos diciendo aquí y mucho más. Comprendió que para poder escribir cuentos "verdaderos" -que son los únicos valiosos- había que pasar por las experiencias correspondientes a cada relato. En sus cuentos no había pues asesinatos porque ella no tenía la experiencia personal de haber asesinado a nadie; y tampoco describía escenas inmorales que ella no hubiera vivido (o no vinieran a cuento). Pero, claro, todo cuento verdadero tiene una dimensión fantástica que hay que conocer a fondo personalmente, y Gloria llegó pues a ser con el tiempo una experta en vivencias fantásticas, más o menos misteriosas, pero todas reales y verdaderas. Para ello tuvo que aprender a Mirar y a Sentir lo vulgar de Otro Modo y desde Otras Perspectivas.

 

Su primer verdadero cuento fue el de un cigarrillo que se fumó a su fumador. También podría haber escrito el cuento de un vaso de whisky que se bebió a su bebedor; y el de todos y cada uno de los vicios que acaban devorando a sus practicantes. Porque todos ellos son fantásticos a la vez que absolutamente reales.

 

También escribió cuentos sobre la muerte, -porque la muerte es la Gran Puerta hacia lo desconocido, y nunca es el fin de nada sino el principio de algo-. Y ya en este terreno se puso a escribir cuentos sobres las mortales -o Transformadoras- influencias misteriosas que ejercen ciertos objetos y ciertas palabras sobre ciertas personas, a las que hacen "morir" en algún sentido y a las que luego "resucitan" en algún otro sentido: Casos por ejemplo de la niña que se transforma en mujer, del avaro que se transforma en generoso, del ignorante que se transforma en sabio, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.

 

También empezó a jugar un poco con el Tiempo y a establecer nexos entre distintas épocas, -valiéndose para ello de objetos que hubieran estado en esas distintas épocas, o bien materialmente (como en el caso de las estutuas). o bien formalmente (como en el caso de todo lo que sea repetible: Frases, gestos, signos, figuras, estructuras posicionales, etcétera, etcétera, etcétera)-.

 

A base de escribir cuentos Gloria fue aprendiendo mucho más de lo que oficialmente se sabe sobre Psicología de las Profundidades, e incluso mucho más de lo que oficialmente se conoce de la estructuración del espaciotiempo.

 

Así que, casi sin darse cuenta, la misma Gloria se fue transformando en una diosa y se dedicó pues a realizar infinidad de pequeños y grandes milagros.

 

 

M a n ú

 

El Silencio

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Casi siempre las palabras dicen menos que los silencios. Había una vez una persona que sabía escuchar el rumor del agua, y el crecer de la hierba, y la cháchara de los gusanos, y todo lo que expresan cuantas cosas existen.

 

Incluso esta persona tan oidora sabía escuchar el mensaje de lo que todavía no existe: Y es así como si miraba -por ejemplo- una chimenea en una habitación del piso bajo le oía decir perfectamente "Haz aquí una puerta que dé al jardín".

 

La persona en cuestión tenía gustos musicales sumamente exquisitos, por lo que sólo oía música clásica -y preferentemente polifonía coral- y un tipo de música sintetizada con ordenadores llamada "Atmósfera". Cuando la persona en cuestión estaba solo solía apretar un botoncito en un mando a distancia y la música continuaba exactamente por donde la había apagado. ¿Y qué ocurría entonces?: Que el ambiente de la habitación o de donde fuera se transformaba radicalmente y se salía de la época en que estaba un momento antes, para pasarse a un lugar intemporal y eterno, del cual el Olimpo es una especie de caricatura. (También es cierto que "El Olimpo" era el nombre de un solarium nuevo que había sido construído por encima del antiguo, pero allí no solía sonar música).

 

Cuando el Imperio trasladó su capital a Bizancio el Senado también lo hizo, pero el reglamento de la cámara fue cambiado para que allí nadie pudiera hablar sino sólamente oír los discursos del emperador y aplaudir después sonoramente o cuando se le indicara. Por eso el Senado Romano cambió de nombre, y desde entonces se llamó "El Silentium", y entonces daba gusto.

 

Cada vez que la persona en cuestión -que se llamaba Agustín- recordaba sus viejos tiempos vividos en Constantinopla sonreía complacido beatíficamente.

 

Hubo un momento en que la corte imperial con su emperador a la cabeza decidieron "Mira, vamos a dejarnos de cuentos y suprimamos al Populusque".

 

Y desde entonces el Imperio se quedó limpio de polvo y paja, y los músicos fueron sustituídos por casetes y por compactos, que después de ser usados se guardan en una caja y no dan problemas. "Oh qué avance" solía decir de vez en cuando Agustín "es esto de la civilización y de la tecnología puntera".

 

También le gustaban mucho las plantas, -(probablemente porque no hablan)-, Bueno, -no hablan en la gama de frecuencias audibles para el oído humano-, pero lo que es Hablar sí Hablan -a su modo-. Agustín se asomaba algunas veces a la terraza de su habitación, que daba a lo lejos a una invisible calle, que no se veía porque la tapaban los árboles, en la hora en que algunos rayos de sol conseguían traspasar la espesura verde y no-sé-qué y llegar al suelo.

 

Tampoco sabía cúando era viernes, sábado o domingo, -nadie en la casa sabía esas cosas-, pero le daba exactamente igual. Lovecraft no le caía del todo bien, y lo consideraba demasiado tétrico: "Es bonito escribir cuentos, pero lo que es horrible es que todos sean cuentos mortuorios o pringosos".

 

Agustín no creía ni poco ni mucho en los dioses de Cthulhu, ni en demonios: "Los únicos demonios que existen son algunos seres humanos" aseguraba.

 

Tampoco creía en más infiernos que los que hay en la Tierra y en donde haya gente. Realmente había roto sus relaciones con todo el reino animal, salvo con su perrito Sire, que no era un perro sino un Guli. Los gulis son redondos y peludos y son un prodigio de gracia y de simpatía, de agilidad y de fidelidad.

 

Bueno, pues eso es todo, -a Agustín le gustaba el silencio-, pero no el silencio de las tumbas -ni muchísimo menos- sino el silencio de las cosas vivas y eternas como las estatuas. "Donde se ponga una estatua que se quiten todos los parlanchines" solía decir. Bueno, decirlo no lo dijo nunca, pero lo pensó.

 

 

M a n ú

 

Ella y Él

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Exteriormente Ella era rubia y hermosa, y Él era moreno y fuerte.

 

Interiormente Ella era azul, y Él era intensamente rojo.

 

Más adentro todavía Ella era como el cielo y Él era como el mar.

 

Aparte de todo esto Ella se llamaba Elena y Él se llamaba Juan. Se conocieron alguna vez y nunca. Hay que aclararlo: Se conocieron alguna vez porque tarde o temprano todo el mundo termina por conocerse exteriormente. Y no se conocieron nunca porque nadie jamás llega a conocer ni a ser conocido por la otra persona en el Más Adentro Todavía.

 

O sea, que vivían en la misma casa pero mutuamente se sentían como dos perfectos desconocidos. Elena tenía sus cosas y sus manías, y Juan tenía las suyas. No obstante, toda la inteligencia del mundo estaba dentro de sus cabezas, -y por eso podían meditar y dialogar sobre sus problemas conyugales y convivenciales-.

 

"No tengo secretos para tí" le decía Elena a Juan, "Ni yo tampoco tengo secretos para tí" le respondía Juan, "pero aun así somos dos extraños".

 

"Esto no tiene más arreglo" le decía Elena a Juan "sino que yo me convierta en mar y tú te conviertas en cielo".

 

"Esa solución sería sólo aparente, querida mía" respondía Juan, "porque encuanto yo me convirtiera en cielo, el mar que fui antes me resultaría extraño, y en cuanto tú te convirtieras en mar, el cielo que eres te resultaría extraño también".

 

"No me vengas, amor mío, con que esto es una simple cuestión de cambio de sexo" argumentaba Elena, "Hay mujeres más marinas que muchos hombres, y hay hombres más celestiales que muchas mujeres". "No digo que no" contraatacaba Juan, "pero un cambio de esencia en lo que uno es, ¿no le cambiaría a uno también y modificaría su percepción de la realidad?"

 

"Mi impresión personal y subjetiva" confesaba Elena "es que si me reduzco al concepto vital de YO, todo ya me daría lo mismo ocho que ochenta". Juan rió de la gráfica aritmética expresiva de su amada y desconocida esposa. "Yo soy como el mar" repuso Juan, "y puedo transformarme en atmosféricos vapores celestiales, -pero me seguiría sintiendo húmedo-, y el YO que soy seguiría como pesando más que el YO que eres, ¿no crees?"

 

"No lo creo en términos abstractos" dijo Elena, "aunque sí lo creo en términos concretos. Y reconozco que el hecho de vivir es un hecho físico".

 

"Terrible conclusión que nos condena" dijo Juan, "a vivir eternamente el misterio de la vida". "Yo también así lo creo" dijo Elena y le rellenó la taza de café. "Y después de todo ¿qué nos importa? Si seguimos sin conocernos todo el rato, resultará mucho más interesante". "Es lo que yo digo" dijo Juan.

 

Desde entonces los hombres y las mujeres se aceptan más o menos como parecen ser en los niveles somático y psicológico, -aunque no en el nivel arquetípico esencial, pues allí ya no hay ni hombres ni mujeres, según han llegado a reconocer Elena y Juan-. "En lo más alto y profundo de nosotros mismos" dijo Elena totalmente inspirada "somos pura Geometría Dinámica".

 

"Elementos geométricos intercambiables" completó Juan como en éxtasis.

 

Habían almorzado bastante fuerte, y a pesar de las tazas de café, les fue invadiendo un soporcillo y unas ganas tremendas de acostarse a dormir la siesta. "¿Crees que podríamos mantener este nivel de comunicación si nos acostáramos un ratito?" preguntó Juan a Elena casi en el límite de su física resistencia. "¡Oh, pues claro!" respondió Elena a Juan poniéndose en pie.

 

Se tomaron de la mano como cuando eran casi niños, y pasito a pasito subieron los peldaños de la escalera hasta el piso de los dormitorios. Juan tenía por aquel entonces 97 años y Elena 94, pero seguían hermosos y jóvenes y sus cabellos eran rubios y negros debido a los tintes. La tersura de sus rostros se debía al continuo aporte de escleroproteínas a su dieta, y la elasticidad de sus miembros a que no pasaban ni un día sin hacer gimnasia.

 

"Cada día estás más hermosa, pequeña mía" casi suspiró Juan en la boca de Elena al besarla ante la puerta de su cuarto. "Y tú estás cada día más atractivo, mi dios" replicó Elena casi sin aliento. Se separaron y cada cual se metió en su habitación a dormir la siesta.

 

Mientras el sueño acababa por poseerles ambos recordaron en sus respectivas camas el día aquel en que unieron sus vidas y en que decidieron ser inmortales por los siglos de los siglos. Sonrieron plácidamente y se sumergieron en el sueño. Inmediatamente volvieron a reencontrarse, bellos y jóvenes, en un hotel de una ciudad lejana. Siempre pasaba igual: Sus dos sueños eran siempre uno y el mismo que ambos compartían. Vivieron pues la aventura de aquel día entre otros personajes oníricos, conscientes de que habían descubierto -con su secreta técnica para compartir los sueños- una forma de vida total y plena que cada día les aportaba dos series de vivencias inéditas. Hoy están en la India viviendo permanentemente en el Taj Mahal.

 

Hora y media después Elena despierta a Juan y le lleva un té a su cama.

 

"Precioso, perfecto, maravilloso..." dijo Juan tomando el primer sorbo sin abrir aún los ojos. Elena sonreía mientras fumaba un cigarrillo y bebía en silencio a pequeños sorbos su taza de té sentada al borde de la cama.

 

 

M a n ú

 

El Arpa

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La entrevieron a través del fondo del escaparate de aquella tienda donde se vendían instrumentos musicales. Fue casualidad que se pararan a mirar, pues no tenían intención de comprar nada al salir aquella tarde de paseo. Fue tal vez la multitud que deambulaba por la calle la que les presionó hacia la tienda de música, y ellos se dejaron llevar, pues no seguían ninguna dirección fija.

 

No intercambiaron ninguna palabra, sino que los dos la vieron a la vez refulgir en el ángulo más alejado del local, detrás y medio oculta por un piano de cola.

 

Entraron; él le abrió la puerta y la invitó a pasar. Eran una pareja sin edad que paseaban como tántas otras al caer la tarde. Entraron y fueron en derechura hacia aquel rincón donde, espléndida y magnífica, dorada y soberana, reinaba el Arpa.

 

Se detuvieron a unos pasos de la regia columna enlazada con la curva, y entre ambas, un corazón de cuerdas de oro parecía estar esperando el roce de las alas de un ángel. Contemplaron con devoción de creyentes aquella imagen de la Música, extáticos y sobrios y serenos y ardientes y apasionados como en una plegaria al viento del cielo y al trueno apagado del mar.

 

Ella le miró a los ojos con sus pupilas de noche y luna y él parpadeó asintiendo. Se acercaron a un mostrador; él pronunció algunas palabras; oyó y extendió un cheque. Salieron, y unos días después llamaron a su puerta y un grupo de obreros trajeron un cajón donde cabrían una pareja de gigantes.

 

Ella y él esperaron en otro lugar, y cuando todo estuvo dispuesto entraron en el salón dedicado al Arpa igual que los otros templos se dedican a los dioses.

 

Pero no sabían tocarla. . .

 

Al menos eso es lo que pensaron en un principio, pero él, más audaz, se atrevió a rozarla con el dorso de un dedo como cuando acariciaba el cabello de su amada, y el Arpa suspiró y emitió el primer temblor de la alborada en un escalofrío de dulzura y de placer. Ella se le unió y hubo un triple abrazo leve y distante entre el vacío terso y tenso de las cuerdas y palpitante de las sienes.

 

Eran tres amantes: El Arpa desdobló el Dos que eran y pasó a ser la clave admirable de un amor nuevo y desconocido y ancestral formado por silencios y sonidos venidos de lo más profundo de ellos mismos, y el tacto de sus manos cobró sensaciones de metal y recibió la dormida fuerza que aspira desde el seno de la tierra a alcanzar al momento mágico de la transformación de la dualidad en Sagrado Tres.

 

Ella sintió el impulso de danzar mientras él acariciaba el Arpa con la primera gloria que siente el enamorado, y lo hizo levemente y casi inmóvil. Después fue él el danzante mientras ella ocupaba su anterior lugar y su mejilla se fundía con la fresca tersura de la piel de cuerdas, quietos los tres y en éxtasis sonoro. La gloria de la Música no está en hacer música sino en llegar a vivirla.

 

Y el Arpa añadía su propia belleza en manifestación de la suprema elegancia, y su despierta sed de caricias perfectas. Cuánto Amor pueden llegar a sentir dos personas enamoradas si tienen la suerte infinita y los méritos necesarios para encontrar al tercer amante y saber reconocerle en el momento propicio.

 

Pero sólo un ser divino como es el Arpa puede formar trío con dos humanos.

 

El Arpa puede ser también cualquier otra cosa buena y hermosa distinta de ella y de él y ajena a su carne y a su sangre, porque sólo lo divino puede unir a dos mortales en un Sagrado Tres Eterno a través de las vidas y las muertes.

 

 

M a n ú

 

El Carro del Poder

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El Narrador de Cuentos escribió en su cuaderno de bitácora -(y puede observarse por el texto que debía estar extraordinariamente furioso)- :

 

" Creo recordar que tiene Tagore alguna frase que dice más o menos así:

 

" " No quiero ser rueda del Carro del Poder,

" " sino ser de aquéllos a los que el Poder aplasta.

 

" Y yo digo que ni tánto ni tan calvo".

 

" Nunca funciona algo porque lo mueva una multitud, sino porque lo mueven unos pocos. La voluntad que mantiene el orden de las cosas es escasa en número de participantes; y eso es algo con lo que tienen que contar de antemano los que arriman el hombro a lo que sea. Casi seismil millones tiene ya de individuos la Humanidad, pero salvo un mínimo de excepciones, esos seismil millones de personas son sólamente espectadores de lo que se haga por quienes quieran hacerlo. Quizás si hubiera delante cámaras de televisión filmando la escena los seismilmillones harían algo durante un cuarto de hora o a lo sumo veinte minutos, pero enseguida se cansarían y dejarían de hacerlo".

 

"La Kronos funciona porque nos da la gana que funcione a quienes escribimos en la Bitácora, -teniendo evidentemente nuestros propios trabajos y nuestros propios asuntos, que también atendemos debidamente-, y seguirá funcionando mientras nos siga dando la gana a quienes escribimos. ¿Qué no escribe nadie más? ¿Y qué más da?"

 

"En la vida" se dijo el pensador de cuentos "lo que yo no haga no va a hacerlo nadie por mí, -y es muy justo-, ya que también es muy cierto que la Vida paga a cada cual según sus obras y según su personal entrega a algún ideal. Si quiero recibir más autoestima y comprensión de los demás ahora y en el futuro, tendré que aportar más mientras pueda y hasta que me caiga muerto".

 

Eran aquellos remotos tiempos en que la Kronos casi acababa de comenzar sus cibernéticos viajes a remotos mundos, -y cuando ya había llegado más lejos de lo que nadie llegó jamás en todo el universo internetiano-. Tiempos difíciles evidentemente, como son todos los comienzos que parten de la nada.

 

"Pero la locura del ser humano y de su mundo" continuó el pensador de cuentos "les incita a criticar y a envilecer lo que ellos no son capaces de hacer y ven hacer a otros, aunque el beneficio del trabajo realizado revierta sobre todos".

 

Como el Narrador de Cuentos no era psiquiatra ni psicólogo no sabía que el héterorrebajamiento es un mecanismo netamente infantil, que cuando sigue produciéndose en individuos ya adultos es un claro síntoma de muy serios desequilibrios emocionales que deben ser consultados con el especialista.

 

Casi mejor cabría decir "debían ser consultados con el especialista", porque hace ya como tres siglos que los enfermos infantiloides están retirados de la circulación intersocial, para que no se hagan daño a sí mismos ni a los demás.

 

Ahora estamos en el año 3060 de la Fundación de Roma, y aquellos incidentes a que hacemos alusión ocurrieron a mediados del Siglo XXVIII. Se necesita hacer por tanto un ejercicio de imaginación para comprender las diferencias entre nuestro estado mental habitual y el general de aquellas épocas. Ahora lo normal es estar los individuos integrados en proyectos comunales grandes y pequeños, colaborando de múltiples maneras y formando entre todos un tejido social sólido y continuo y sin fisuras; pero en aquel entonces la situación de la Humanidad era completamente distinta: Había Egoísmos.

 

Sí, no os horroricéis, había Egoísmos estúpidos y Envidias infantiloides. Y se decía que tal era la forma natural de la condición humana, -sin ni siquiera atisbar que la Humanidad de entonces estaba Enferma en la inmensa mayoría de sus células individuales, porque sufría de un Cáncer Colectivo que todos conocemos bien por la Historia, -la Insolidaridad Social Psíquica y Práctica-.

 

Tuvieron que ocurrir grandes catástrofes económicas y medioambientales en extensas zonas de Arrakis para que finalmente los Sabios se decidieran a hacerse cargo del control total de la situación en una Humanidad convicta de Minoridad Intelectual y Sociológica. No fue fácil: Hubo que derrocar primero al necio Prejuicio que predicaba que "la masa del pueblo por sí sola puede hacer grandes cosas" después de varios siglos de estar viéndose que no era cierto.

 

Pero "a la fuerza ahorcan" como decía un refrán de aquellas épocas: Fue por la fuerza misma de las cosas que la Racionalidad tuvo que rebelarse y hacerle frente a la Barbarie y acabar de un porrazo con tánta estupidez maternalista.

 

Luego ya todo fue sumamente fácil, porque el ser humano sano anhela paz y seguridad, trabajo y bienestar, justicia y bondad entre los hombres, -para todo lo cual es imprescindible acabar con las psicopatías tratando debidamente a los psicópatas en los sanatorios adecuados, incluso defendiéndoles del amor de sus propias madres en caso necesario cuando pretenden dejarlos sueltos-.

 

Les ruego ahora que abran sus memorizadores por la clave 726 . . .

 

M a n ú

 

A las once de la noche

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La neptunia es una planta increíble e insospechable que no necesita agua, ni tierra, ni sol, ni abono, ni nada de cuanto suelen necesitar las otras plantas.

 

Se diría que la neptunia es un timo de plástico que venden en ciertos viveros exquisitos, -pero no es de plástico ni de nada artificial, pues poco pero crece-.

 

¿Poco?: No lo sé, dijo el propietario de la macetita respondiendo a su propio pensamiento. No lo sé porque hace poco tiempo que la tengo. Pero imagino que a lo más que podrá llegar esa planta es a unos... 20 ó 30 centímetros de altura, -añadió calculándolo a ojo de buen cubero-, porque si no le habrían hecho una maceta más grande o las venderían ya más creciditas, -rezongó-.

 

Faltaba sólo un minuto para las once de la noche y en el reloj de la iglesia no sonó ninguna campanada, principalmente porque por allí no había iglesia ni torre ni reloj. Así que "reloj de la iglesia" es sólo una expresión coloquial a la que se suele acudir en los relatos clásicos de misterio, -cuando una sombra asesina se está acercando a su víctima-, y si además se añade "lentamente se fueron desgranando en el viento gélido de la noche las once campanadas" es mentira.

 

Pero la neptunia estaba allí, quieta y persistente, al lado de su nueva víctima.

 

Ya había matado a dieciséis. ¿Cómo lo haría? se habría preguntado el policía, de haber descubierto que la neptunia era la asesina, -pero jamás un policía en sus cabales podrá descubrir semejante cosa-, primero y principal porque lo más probable es que la Ciencia afirme que la neptunia no existe, -como los vampiros-, y de existir -cosa más que dudosa-, tampoco tendrían fuerzas ni poderes suficientes para matar a nadie por su propia cuenta ni por encargo.

 

¿Entonces quién va a matarme? se preguntó la víctima mirando a la neptunia. Y sólo el eco del viento gélido y un trueno lejano respondieron a su pregunta: "¡¡¡ La-Nep-Tu-Nia !!!" ¿Pero cómo? -y esta vez no hubo respuesta-.

 

Pasaron los segundos interminables uno detrás de otro, desde después del uno hasta el anterior al sesenta, y un agobiante silencio se fue cerrando en torno a. . . a. . . digamos el corazón de la víctima indefensa, -...veinticuatro...-

 

Gruesas gotas de sudor perlaban la frente de la víctima. La neptunia estiraba sus dendritas, (o como se llamaran sus minúsculas hojitas en forma de pinchitos tiernos y muy verdes) intentando alcanzar a su décimoséptima víctima, -que no sería la última seguramente-. Parece mentira que una plantita tan bonita tenga tan mala leche. Pero así era. A veces, las neptunias más asesinas consiguen marcas o records espeluznates, -(uno por cada hojita)-, y hay que dar gracias a los dioses de que en Vierdes -(que es el nombre del vivero de donde trajeron la neptunia)- no se les ocurra vender neptunias de mayor tamaño, -porque es que acabarían con la totalidad de la población-.

 

...Veintisiete... El secundero del reloj de pulsera digital de la víctima se acerca paso a paso al medio minuto, y luego al minuto entero, y en el ambiente turbio por el humo del cigarrillo se percibe como una crispación que hace que las volutas salgan cuadradas, pentagonales, exagonales, octogonales, y de más formas geométricas, menos redondas. Si eso no es una crispación del aire y del ambiente que venga dios y lo vea. ...Treintaitrés... Un escalofrío recorrió la espina dorsal de la víctima, que hasta ahora no sabemos si era hombre o mujer, mosquito o gato, pero da igual, porque todas las víctimas son iguales ante el Señor.

 

¡Oh! ¡Aaaaahhhh! ¡AJJJJJJJ! Era un mono: La víctima era un mono sentado en el suelo. No puede ser. -Porque los monos no sudan-. Entonces sería otro ser. ...Cuarentainueve.... Total, que a este paso quedan once segundos para que la víctima -sea quien fuere- la espiche. Y así podríamos llevarnos la noche entera. Así que tenemos que resolver dos problemas y cuanto antes: Primero:

 

¿Qué clase de ser, persona, animal o cosa, era la víctima?

 

Segundo: ¿Cómo conseguirá la neptunita matar a un ser tan mayor que ella?

 

(La solución otro día).

 

 

M a n ú

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